DGCR8, la proteína que rejuvenece

Científicos españoles del Instituto Salk de California y la Clínica CEMTRO de Madrid, liderados por Juan Carlos Izpisúa y Pedro Guillén, han descubierto una nueva función de la proteína DGCR8 que contribuye significativamente al rejuvenecimiento de las células mesenquimales adultas y permite regenerar más eficazmente los huesos y cartílagos, así como ayudar a reducir la inflamación de un músculo.Esta investigación se ha realizado con la combinación de tecnologías de última generación. Además, han demostrado que se trata de un tratamiento seguro, que podría ayudar a contrarrestar declives fisiológicos relacionados con la edad, como la artrosis al prevenir o revertir el daño en la heterocromatina (responsable de transmitir la información genética). Este hallazgo, publicado recientemente en la prestigiosa revista Nature, permite ahondar en el conocimiento de los mecanismos moleculares y celulares que están asociados al envejecimiento y aportar soluciones a las enfermedades degenerativas.La artrosis es una enfermedad que hoy no tiene cura y afecta a la movilidad y a la calidad de vida de 242 millones de personas en el mundo, siete de ellos en España, donde representa la primera causa de incapacidad permanente.

La Luna en tres generaciones: pasado, presente y futuro de la exploración espacial

Carlos tenía 22, Jesús 8 y Álvaro nacería 24 años después de que Armstrong dejará a todo el globo sin habla. Había cumplido con el sueño de toda una generación, el de poner un pie en la Luna. Nuestros tres protagonistas, a pesar de su diferencia de edad, tiene una pasión común: la exploración espacial. «Soy un friki», afirma Jesús Martínez-Frías, geólogo planetario y responsable de recrear los túneles de la Luna en Lanzarote donde forma a los astronautas. Su afirmación rotunda la comparten tanto Carlos González como Álvaro Soria. El primero ha dedicado toda su vida a las misiones de la NASA, mientras que el más joven ya tiene la mirada puesta en Marte.Carlos no lo sabía, pero el destino había decidido que él debía estar presente en la base que la Agencia norteamericana acababa de construir en Fresnedillas, al norte de Madrid, para escuchar cómo Armstrong decía: «Houston, aquí base Tranquilidad, el águila ha alunizado». Le habían contratado solo un año antes, tras superar el servicio militar, «era un requisito indispensable», recuerda. Durante las nueve horas que estuvo en la sala de comunicaciones «tenía que atender tanto al receptor como al transmisor. Todo pasaba por ahí y se hacía a mano». Hasta que la base de Estados Unidos no se hizo cargo de la conexión con la misión Apolo XI, no respiró. «Estábamos todos azules y al cortar sufrimos una importante descarga emocional». Tardaron horas en darse cuenta del hito en el que habían participado y, tras conseguirlo, lo tenían claro: «Seguro que en 1990 pisaremos Marte». «Y anda que no nos queda…», bromea 50 años después.Jesús, desde que era pequeño, leía mucho, «muchísimo…». De Spiderman a Julio Verne. Estaba claro que su futuro no se iba a quedar únicamente en nuestro planeta y menos aún cuando se enganchó a «Cosmos». Con 21 años ya había terminado la carrera y estudiaba la geología de otros cuerpos celestes. Coincidió con la llegada a España de la Sociedad Planetaria, impulsada por Carl Sagan, pero la realidad es que en nuestro país a casi nadie le interesaba esta área de investigación. «Me formé solo». Los meteoritos se convirtieron en sus mejores amigos y, así fue como impulsó la creación del Centro de Astrobiología (CAB), donde hoy trabajan los investigadores con más futuro en el área de nuestro país. No sorprende que, hasta el momento, haya recibido dos premios de la NASA y cinco de la ESA. No hay duda de que es uno de los que conoce más a fondo la Luna y cree que debemos volver. «Aunque hemos ido en seis ocasiones, es nuestra plataforma al futuro». En ella debemos crear «una base semipermanente». Nos encontramos ante un nuevo paradigma: alcanzar Marte. «Es de los pocos planetas donde podemos desarrollar actividades», determina el geólogo planetario.Y es el Planeta Rojo el que Álvaro, ingeniero aeroespacial de 26 años, sueña con alcanzar. «Lo que se hizo en los 60 fue mágico», insiste. Obviamente, él no tiene ningún recuerdo de aquel día, pero sí de un libro que le regalaron, «creo que era del 40 aniversario» y, gracias a él, «me di cuenta de la hazaña que lograron. En ese momento todo era experimental y, a pesar de todo, lograron alunizar». Lo relata emocionado, con la ilusión de un científico al que le habría gustado nacer medio siglo antes. Los últimos cuatro años, este joven malagueño ha estado «recluido» en el norte de Suecia trabajando en su doctorado. En concreto, en el desarrollo del instrumento Habit, que forma parte de la misión Exomars de la Agencia Espacial Europea (ESA). «Mi participación está relacionada con los sensores de viento y de temperatura». Esta expedición en la que colaboran un gran número de países europeos quiere localizar, si existe claro, vida en Marte. En principio, el próximo año, esta segunda etapa de la misión saldría desde la base de lanzamiento de Baikonur (Kazajistán). Y mientras sus compañeros suecos siguen afinando cada pieza, él se está formando como cosmonauta durante seis meses en Colonia (Alemania), en un «Expert Team» de la ESA que les da las herramientas necesarias para la futura exploración humana. «Al principio, cruzarte con los astronautas, cuando vas a pedir un café, impacta, ahora ya es normal».Álvaro no solo es el futuro por su edad, sino también por su visión: «Tenemos que ser capaces de desarrollar robots con los que podamos convivir, que ellos nos ayuden a vivir de la tierra de los planetas donde nos instalemos, como hacemos aquí. La máquina debe ser nuestra compañera». Pero, para saber si esta visión futurista es o no viable, la Luna es clave. «Es importante conocer su vitalidad geológica y cómo se ha ido transformando», insiste Jesús. Por ello, en misiones como la que diseña la NASA para volver a nuestro satélite en 2024, se incluye la extracción de materiales que puedan ayudar a crear una futura «aldea lunar». «Hay minerales y rocas que no solo interesan a las agencias, también a los agentes privados que lo perciben como otra forma de conseguir recursos como el helio-3 o el platino», explica el geólogo. Pero, sin duda, los tres coinciden en por qué se consiguió caminar por la Luna y, sin embargo, de «amartizar» aún estamos lejos. «La exploración espacial se fijó como una estrategia de país», sostiene el que fuera responsable de comunicaciones de la Agencia estadounidense en Madrid. Ahora, «queremos llegar más lejos, pero con menos dinero. Necesitamos un gran salto tecnológico para alcanzar Marte» y apunta a tres inconvenientes para poder cumplir con este deseo: al problema de recursos se suma el de la ingravidez que afecta, y mucho, a la fisiología humana. Y, por último, la radiación que se produce en los viajes espaciales. Este es el mayor escollo que también encuentra Álvaro, pero, «si me propusieran viajar al espacio no creo que fuera capaz de rechazarlo».

Viaje a la Luna: ni rastro de la bandera

Si el espacio fuera un océano, la Luna sería la isla más cercana y la última visita que recibió fue en diciembre de 1972, con el regreso de la última misión Apollo de la NASA. Años antes, en la madrugada del 21 de julio de 1969, el astronauta Neil Armstrong pisó la superficie lunar. Una misión que ha dejado una gran cantidad de anécdotas y que explica Mark Kidger, científico de soporte comunitario de Herschel y de calibración del instrumento de PLATO, el observatorio espacial de la Agencia Espacial Europea (ESA). “Las imágenes borrosas que se obtuvieron de ese primer paseo han sido procesadas varias veces desde entonces para hacerlas más nítidas”, sostiene.

«La ciencia es extremadamente sexy»

Hace muchos años que Eduardo López-Collazo abandonó su país natal, Cuba, para descubrir el que poco después se convertiría en «el país que amo», España. Y por esta declaración ha tenido que bloquear a miles de seguidores de Twitter que le dijeron de todo. Lo cierto es que, gracias a la formación que ha recibido en nuestro país, ahora es uno de los científicos que mejor conoce la metástasis y dirige el centro de referencia en investigación IdiPAZ, adscrito al Hospital La Paz de Madrid. –Hay cientos de libros sobre el cáncer, ¿por qué ha decidido escribir otro?–Esa fue una de mis primeras preguntas cuando me plantearon este proyecto. ¿Qué puedo aportar como novedad? Y me di cuenta de que casi todos los textos están muy parcializados. Carecíamos de un libro transversal, que estuviera dirigido a todos los públicos. Al curioso, al que teme la palabra, al hipercrítico, al especialista… –Pero ya hay grandes obras de referencia como «El emperador de todos los males». –Sí, pero no creo que sea necesario diluir tanto el conocimiento, ya que es un libro de más de 500 páginas, ni ser tan escueto como un tuit. Es más, me lo planteé como si fuera una charla de café. –La ciencia no es fácil de explicar. –No, pero lo que intentamos es hacer sencillo lo complejo. Es importante decir que en ciencia lo muy complicado tampoco funciona. Por eso decidí que el libro también fuera en parte novelado. Incluyo historias reales, pero les he cambiado los nombres. Los humanos necesitamos a otros humanos para identificarnos. –¿Cuál es la pregunta que más le hacen sobre este tema?–Suelen ser dos: ¿para cuándo una cura? y ¿qué puedo hacer para prevenirlo? A la primera, puedo decir con seguridad que el libro que escriba sobre cáncer en los próximos 20 años será de historia. Sólo tenemos que ver cómo ha avanzado la inmunoterapia. En cinco años se ha dado un paso enorme. Y a la segunda, siempre respondo: «¡Para qué me lo preguntas si no lo vas a hacer!». –Y si cumpliera con sus recomendaciones…–Es muy fácil. Solo hay que dejar de hacer tres cosas: fumar, beber y tomar el sol. Pero ve a una playa este verano a ver si se cumple alguna… (ríe). –¿El cáncer puede ser un paso evolutivo? –Claro, así lo defiendo en el libro. La investigación se basa en ideas locas. Muchos de los grandes avances parecen locuras en un primer momento. Si es cierto o no, nos lo dirán las futuras generaciones. –¿Conseguiremos borrar de nuestras conversaciones lo de «larga enfermedad»? –Lo cierto es que no queremos enfrentarnos a la palabra cáncer. Sigue dando miedo.–La sociedad valora la ciencia pero, ¿y a los científicos? –La gran mayoría mira para otro lado, desconocen el valor de las investigaciones. El problema es que si la sociedad no nos valora, menos lo harán los políticos porque ellos hacen lo que los ciudadanos les exigen. –¿La serie «The Big Bang Theory» ha ayudado o perjudicado? –Creo que siempre hemos tenido un problema de comunicación, hemos vivido alejados del mundo real. No transmitimos que la ciencia es extremadamente sexy, es «hot», «cool», es algo deseable. Mis amigos me dicen que me parezco mucho al protagonista, que soy como Sheldon Cooper, pero latino. Soy muy cuadriculado, como él. –¿Las redes sociales ayudan a la divulgación? –Mucho, su capacidad de difusión es impresionante y también nos ayuda a valorar cuán importantes son ciertos avances. Eso sí, también te encuentras con personas que no quieren entender, que buscan imponer su opinión sin estar basada en ningún dato científico. La ciencia, quieras o no, es cierta, pero no es un credo como creen muchos.–¿El «boom» de las pseudociencias restan credibilidad a los científicos? –El problema es que a los humanos nos gusta agarrarnos a un caso concreto y no a la generalidad. Creemos que porque algo le haya funcionado a un amigo a nosotros también nos servirá y no es así. Los científicos somos los primeros abiertos a cualquier novedad.–Arte y ciencia. ¿Amigos? –Están muy ligados sí. Para ambas disciplinas hay que ser muy creativo. Comparten la vocación por crear algo nuevo. Es más, a mí se me ocurrió una teoría viendo una representación de «El lago de los cisnes» en el Teatro Real.

«Con la imagen del agujero negro, hemos confirmado la Teoría de la Relatividad de Einstein»

«Realizar una imagen de un agujero negro es un hito histórico para la astronomía con amplia participación española». Con este tuit, el ministro de Ciencia, Innovación y Universidades, Pedro Duque, alababa la participación española en la obtención de la primera imagen de un agujero negro. Ya nos podemos olvidar de las recreaciones por ordenador. El investigador José Luis Gómez es uno de los ocho españoles que ha participado en el descubrimiento. Este científico del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA) está detrás del algoritmo que ha ayudado a reconstruir la imagen final. – ¿En qué momento supieron que habían captado la primera imagen de un agujero negro?Las observaciones se realizaron en 2017 combinando las siete antenas distribuidas a lo largo del globo que componen el Telescopio Horizonte de Sucesos (EHT por sus siglas en inglés). Realizamos 70.000 simulaciones a lo largo de los días 5, 6, 10 y 11 de abril de las que obtuvimos 50.000 imágenes. Nos reunimos en julio, en un congreso, donde comparamos lo que habíamos obtenido con diferentes técnicas de reconstrucción y vimos que la teníamos. Si no nos hubiéramos unido tantos investigadores –cerca de 200– este resultado no habría sido posible.Esas imágenes las han ido «ensamblando» hasta crear esa primera instantánea de un agujero negro. Hemos confirmado la Teoría de la Relatividad de Einstein. Esta imagen ha transformado nuestra visión de los agujeros negros de un concepto matemático en algo real que puede ser estudiado a través de repetidas observaciones astronómicas.- ¿Por qué buscaban dar con la sombra del agujero?Es importante localizar esta parte porque los agujeros negros son los únicos objetos que cuentan con una región en la que la luz queda atrapada (la sombra), es lo que se conoce como horizonte de sucesos (de ahí también el nombre del telescopio). La sombra siempre aparece rodeada por un anillo de luz, que es lo que hemos conseguido captar.