La incestuosa historia real detrás del pez payaso de «Buscando a Nemo»

Nemo es un pez anaranjado y blanco que pertenece a la familia de los peces payasos (
Amphiprion ocellaris
). La piel de estos animales está compuesta por una capa de moco que les protege del veneno de las anémonas.

El hábitat natural de los peces payasos se encuentra en la Gran Barrera de Coral australiana y en el mar Rojo. Desde el punto de vista sexual son animales hermafroditas con ciertas peculiaridades.

La biología define como hermafrodita a todo ser vivo que posee órganos reproductores masculinos y femeninos, una situación que es frecuente entre plantas e invertebrados, pero inusual dentro de los vertebrados.

Protóginos y protándricos
Los hermafroditas se clasifican en sincrónicos y secuenciales. En los primeros, los órganos reproductores masculino y femenino están activados de forma simultánea. En los hermafroditas secuenciales tan solo está activo un órgano reproductor, pero son capaces de transformarlo en el otro, en el inactivo, en función de la expresión del gen dominante.

Según el órgano activo inicial pueden ser de dos tipos. Si la forma juvenil es femenina se denominan hermafroditas secuenciales protóginos. Por el contrario, los hermafroditas secuenciales protándricos al principio son machos y, posteriormente, se pueden convertir en hembras.

Dentro del grupo de los protóginos nos encontramos a los peces que viven en harenes, donde hay un macho que cuida de las hembras. Si el macho sucumbe, la hembra dominante sufre un cambio de sexo –se convierte en macho- y asume su rol.

Por su parte, los protándricos viven en cardúmenes, donde hay una hembra que convive con varios machos de tamaño más pequeño. Si la hembra es la que fenece, el macho de mayor tamaño se transforma en hembra y otro de los machos se apropia de su papel protagonista. Ejemplos típicos de animales protándricos son los lábridos, los gobios y el pez payaso.

Cambiando el guion
En el año 2003 se estrenó «Buscando a Nemo», un éxito de taquilla que recaudó más de novecientos cuarenta millones de dólares. El argumento comienza con la muerte de Coral –una hembra de pez payaso- a manos de una barracuda.

El depredador también acaba con la vida de sus cuatrocientos huevos, bueno de todos no, se salva uno, del que nace Nemo. Después de un encuentro desafortunado con unos humanos, este pez desaparece y su padre Marlin y un pez cirujano regal (Paracanthurus hepatus) llamado Dory emprenden su búsqueda.

Si este argumento hubiera caído en manos de un científico habría sufrido notables variaciones, por una parte habría dejado al descompuesto Marlin durante dos semanas confuso y desolado viviendo al abrigo de las anémonas. Pasado ese tiempo habría adquirido el rol de pez payaso hembra, ya que, como hemos visto, estos peces son hermafroditas secuenciales protándricos.

En los peces payasos se producen modificaciones genéticas y cambios neuronales que transforman los testículos en ovarios. Parece ser que es un gen -el que codifica la enzima aromatasa- el responsable de la biosíntesis de los estrógenos femeninos.

A medida que el cambio de sexo progresa las células se reprograman, borran las marcas masculinas y promueven las femeninas. Esta curiosa transformación asegura la supervivencia de la especie.

Pero aquí no quedaría todo, cuando el pobre Nemo hubiera asumido que tiene una nueva mamá no tendría más remedio que adquirir el papel dejado por su padre, transformándose en la pareja de Marlin, con el cual acabaría teniendo una nueva y numerosa prole.

Ahora bien, ¿cómo habrían asimilado este argumento los más pequeños de la casa? Quizás será mejor dejar el guion como está… aunque sea biológicamente incorrecto.

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación

Por qué un matemático no dejaría tirar faltas a Cristiano Ronaldo

La noticia recorrió el mundo, aunque apenas tuvo relevancia en los noticieros españoles. El primer caso de espionaje informático en el mundo del deporte ¡Un robo de datos estadísticos! Hace algunos días «The Times» destapó la información: el Liverpool había hackeado la base de datos del Manchester City entre junio de 2012 y febrero de 2013.

Las sospechas del City comenzaron al percatarse del interés del Liverpool por un juvenil del Zaragoza al que ellos mismos seguían la pista (Paolo Fernandes, el cual acabaría firmando por el City). Este y otros casos similares en los que los «reds» se sumaban a la puja de posibles refuerzos propuesto por los ojeadores del City, hicieron saltar todas las alarmas. De hecho, el City se vio en la necesidad de acelerar contrataciones como Fernandinho y Jesús Navas para evitar males mayores.

Se contrató a un equipo de informáticos que dieron con la respuesta: habían pirateado la base de datos. ¿Los culpables? Michael Edwards, director deportivo del Liverpool, junto con dos ojeadores que anteriormente trabajaban para el conjunto citizen. Con su ayuda, accedieron cientos de veces a su base de datos durante 8 meses seguidos adelantándose a los movimientos del City.

El City suele trabajar con Scout7, un sistema que se nutre de una inmensa nube de datos (OptaPro) que se actualiza a diario con las estadísticas de más de medio millón de futbolistas de todas las categorías y países.

El final de la historia: un pacto de confidencialidad entre clubes y una indemnización de un millón de libras (más de 1,1 millones de euros). Pero, ¿tanto valen unos simples datos? ¿Cuál es la importancia de las estadísticas para que un club de renombre vea la necesidad de salirse de la legalidad?

Nuevos horizontes en el fútbol
Aunque pueda parecerlo, hoy no escribo sobre fútbol, este es un artículo de matemáticas.

Las nuevas tecnologías han cambiado este mundo por completo y, por ende, la forma de entender el deporte. Antes los equipos de fútbol fichaban en función de la opinión de sus ojeadores. Sin embargo, evaluar a un jugador basándonos en la observación del juego siempre estará sujeto a la interpretación particular de dicho ojeador, es decir, siempre tendrá un carácter subjetivo. Con la llegada de la estadística al deporte, la subjetividad ha dejado paso a los datos objetivos (por algo se llaman «ciencias exactas» a las matemáticas). Se tiene en cuenta a los antiguos ojeadores como el que tiene en cuenta la opinión de su abuelo por la sabiduría que ha acumulado, pero son las estadísticas de un jugador las que definen su aportación en el campo.

«¡Vaya tontería, podría decirte cientos de jugadores buenísimos que no destacan por sus números!», podrías decir. Eso es cierto o, al menos, con los datos que estamos acostumbrados a oír.

¿De qué sirve un delantero que meta 20 goles por temporada si necesita 2.000 tiros a puerta o si falla todos los pases? ¿De qué sirve un defensa que recupere muchos balones si deja siempre solo a su atacante? En el fútbol se han manejado siempre números totales: goles totales, asistencias, robos… Sin embargo, en esta última década la estadística está tomando más protagonismo. Ahora se estudia el porcentaje de pases acertados, el porcentaje de tiros a puerta,… ¡y hasta mapas de calor que señalan la zona de juego que ha ocupado el jugador a lo largo del partido!

Más aún, los propios entrenadores se están educando en la lectura de estadísticas. Así lo indicaba este diario en un artículo dedicado a nuestro seleccionador y la importancia de las nuevas tecnologías en su toma de decisiones.

No obstante, el fútbol nació en la vieja Europa y, como tal, es reticente a los nuevos cambios. Aún se sigue dando el pichichi al jugador con más goles en total en vez de al jugador con más goles por minuto. Aún se sigue contando el número total de pases de cada jugador y cuentan lo mismo sean en horizontal, hacia delante o hacia atrás y sea el portero el mayor pasador del equipo (como sucedía con Víctor Valdés en muchos partidos del Barcelona de Guardiola). Y, sobre todo, aún se sigue dejando lanzar faltas a Cristiano Ronaldo aunque su porcentaje de acierto resulte ridículo.

En este sentido, el deporte americano está marcando la senda de la actualización estadística, donde se critica sin miramientos a cualquier estrella si los números son desfavorables. Pero ¿es tan distinto el deporte estadounidense? ¿Cómo estudian el juego más allá del charco?

El proceder estadístico en baloncesto estadounidense
Pongamos de ejemplo el baloncesto. Con su profesionalización, la toma de decisiones se objetivó buscando razonamientos lógicos. Para ello se recurrió a la ciencia exacta, las matemáticas.

¿Matemáticas?¿Cómo se valora el rendimiento de un jugador sin necesidad de verlo en el campo? A continuación describiremos algunas de las distintas fórmulas que existen para valorar la participación de un jugador en pista, desde la sencillez europea a la exactitud americana.

Por supuesto, en ambos (Europa y EEUU) hay un parámetro que se consigna del mismo modo: la diferencia entre puntos anotados y puntos encajados por el equipo cuando el jugador está en pista. Con esta excepción, el resto de análisis emplean expresiones matemáticas diferentes. En su descripción, utilizaremos las siguientes abreviaturas:

Pts= puntos

Reb= rebotes

Asi=asistencias

Rob=robos

Tap=tapones

F=Faltas

Pér=pérdidas

TC=tiros de campo

TL=tiros libres

…R=recibidas

…C=cometidas

…F=fallados

…I=Intentados

…O=ofensivos

…D=defensivos

…A=anotados

Y comenzaremos de lo más elemental a lo más sofisticado, de Europa a EEUU:

VALORACIÓN, Performance Index Rating o PIR (Europa): suma las acciones positivas y se restan las negativas:

Efficiency o EFF (EEUU): una fórmula similar a la valoración, pero en relación a los partidos jugados, es decir, reflejando un poco el historial del jugador, su evolución:

Game Score (EEUU):

En esta ocasión, observamos que, salvo los puntos anotados, los robos y las pérdidas de balón (datos totalmente objetivos), al resto de los parámetros se les multiplica por un factor de corrección, tratando de ajustarse más a la realidad, a la objetividad.

– Player Efficiency Rating o PER (EEUU): mide el rendimiento por minuto de un jugador. Una vez hecho, se ajusta al ritmo del equipo y se normaliza (un vocablo matemático) a la liga. Es una fórmula tan complicada que no cabría en esta sección, pero sí vamos a destacar sus virtudes:

– Al normalizarlo a la liga, la ventaja de los jugadores en equipos con ataques más rápidos (más posesiones en un partido y más posibilidades de hacer buenas acciones) se equipara con el de otros equipos más lentos.

– El PER promedio de la liga se fija siempre en 15, motivo por el cual permite comparar a jugadores de distintas épocas en igualdad de condiciones. De hecho, existe una guía de referencia para evaluar la temporada de un jugador:

* Wilt Chamberlain posee el récord con 31,82.

Aunque se trata de un término bastante difundido, aclaremos que las siglas MVP (Most Valuable Player) designan al jugador más valioso, calificación que recibe el jugador, o los jugadores de un equipo, que han sido más destacado en todo un campeonato, o en una competición concreta.

– Desventaja del PER: La defensa no tiene un gran peso en esta fórmula, por lo que los jugadores defensivos no salen bien parados

Conclusiones finales
– No existe una estadística perfecta: hay métodos que no tienen en cuenta los minutos jugados, pases bien ejecutados, bloqueos, capacidad defensiva, intimidación, … Utilizar una única medición sería un error, pues cada una ofrece un punto de vista diferente, y estudiar todas a la vez nos permite obtener una visión global del rendimiento de cada jugador. Al final, las estadísticas son simplemente datos. Son una guía, nos sirven para hacernos una idea… Pero el ojo subjetivo del entrenador siempre tendrá la última palabra.

– El problema es que en el fútbol los jugadores se definen por sus jugadas, mientras que en el baloncesto se definen por sus números. La arcaica subjetividad frente a la objetividad matemática.

– Dominar la estadística avanzada es dominar el deporte. ¿Pero quién me va a escuchar a mí si soy un simple matemático? Tal vez habría que dar menos patadas al balón y más golpes al teclado del Excel…

La subjetividad murió cuando el deporte se hizo números. Los oscuros nubarrones de opiniones de arcaicos ojeadores dejaron paso a las transparentes nubes de datos.

Diego Alonso Santamaría es Matemático. Para divagar sobre el tema, escribir a: elmatematicoquequisoserpivot@gmail.com

El ABCdario de las Matemáticas es una sección que surge de la colaboración con la Comisión de Divulgación de la RSME

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Los buitres, el nuevo animal «sagrado» de la India

Su cuello desnudo rodeado de un collar de plumas largas, estrechas y flexibles, unido a un pico esbelto hace que la figura de esta ave carroñera sea indiscutible. Su existencia está inexorablemente unida al vocablo cadáver que, por cierto, deriva del latín «caro dato vermibus» (carne dada a los gusanos).

A pesar de que su apariencia es poco atractiva para la mayoría de las personas, los buitres desempeñan un papel importante en los ecosistemas. Sus hábitos alimentarios permiten controlar la materia orgánica en descomposición, que de no hacerlo se convertiría en un foco para diversas enfermedades.

Amigos de los parsis
Se estima que en este momento hay en el mundo cien millones de parsis, los descendientes de los persas que emigraron mediados del siglo VII a la India para escapar a la persecución de los musulmanes.

Los parsis son miembros de la religión zoroástrica, creada por el profeta Zaratrusta. En su cosmogonía defienden la existencia de cuatro elementos sagrados: fuego, tierra, aire y agua. El fuego proporciona el calor, la tierra es necesaria para el crecimiento de las plantas, el aire es el motor de vida de plantas y animales y, por último, el agua es necesaria para la supervivencia de todos los seres vivos.

Como estos cuatro elementos son divinos, los parsis tienen prohibido contaminarlos con sus cadáveres, que son considerados impuros. Por este motivo recurren a los buitres para llevar a cabo el rito funerario, son estas aves las que ponen fin al ciclo de la vida.

Malabar Hill es uno de los barrios de Mumbai -la antigua Bombay- que congrega a un elevado número de parsis. Allí se encuentran las famosas Torres del Silencio, construcciones de tipo circular donde los parsis dejan a sus fallecidos para que los buitres hagan el resto.

Las Torres del Silencio están formadas por tres círculos concéntricos, en el más interno se colocan los hombres, en el intermedio las mujeres y en el externo los niños. Este lugar es privado, un tupido follaje lo protege de las miradas indiscretas y estas construcciones tan solo pueden ser observadas desde los rascacielos próximos.

Por culpa del diclofenaco
La comunidad de los buitres en el subcontinente indio se ha visto seriamente amenazada en las últimas décadas, ha pasado de treinta millones -en los noventa-, a unos diez mil en la primera década de nuestro siglo.

Al parecer, la muerte masiva de estas aves rapaces se debe a la insuficiencia renal provocada por el diclofenaco. Un antiinflamatorio no esteroideo muy extendido y que produce necrosis de las células del túbulo contorneado proximal de las nefronas de los buitres.

Estas aves se alimentan de restos humanos y animales domésticos tratados con este antiinflamatorio, que se acumulan en su organismo provocando una toxicidad irreversible.

Para poner fin a esta extinción, el gobierno hindú decidió tomar cartas en el asunto y proteger a los buitres, ordenando reemplazar diclofenaco por meloxicam, un antiinflamatorio más costoso pero menos tóxico.

Una sentencia judicial protegió a estas aves al catalogarlas como «trabajadores sanitarios», al considerar que de su actividad se deriva un bien para la salud pública.

Parece ser que las medidas han comenzado a dar los resultados esperados y desde el año 2012 se ha observado una recuperación gradual del número de buitres de pico largo en esta región asiática. Esperemos que la tendencia permanezca y pueda celebrar durante mucho el Día Internacional del buitre, una festividad que tiene lugar cada primer sábado del mes de septiembre.

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.

Leónidas 2019: cuándo y cómo ver la lluvia de estrellas noviembre

Si bien algunas son más famosas que otras, durante el año se suceden una decena de lluvias de estrellas. El mes de noviembre es el turno de las Leónidas. Aunque duran más de veinte días, según el Instituto Geográfico Nacional su pico máximo tendrá lugar en la madrugada del sábado al domingo (16 y 17 de noviembre), cuando, si el tiempo lo permite, se dejarán ver meteoros de fuego y largos destellos originados a partir de partículas más grandes de material cometario.

Las Leónidas son una de las lluvias más hermosas del año por su brillo y colorido. Por lo general, caen unos 15 meteoros por hora, lo que no es mucho, pero ofrecen un espectáculo digno de ser contemplado, ya que se asemejan a bolas de fuego surcando el cielo. Además, son muy rápidos: viajan a una velocidad 71 kilómetros por segundo y se consideran algunos de los meteoros más veloces que existen.

El origen
Como explica la NASA en su web sobre la exploración del Sistema Solar, las Leónidas son en realidad fragmentos de desechos espaciales que provienen del pequeño cometa 55P/ Temple-Tuttle, una roca de 3,6 kilómetros de ancho que tarda 33 años en orbitar el Sol. Por estas fechas, la Tierra pasa a través del sendero de escombros que deja en su camino, lo que hace que estos choquen con nuestra atmósfera, donde se desintegran en rayas ardientes y coloridas en el cielo.

Esta lluvia de estrellas tiene una particularidad: como los restos que deja el cometa Tempel-Tuttle no están distribuidos en la órbita de forma uniforme, cada 33 años las Leónidas producen impresionantes tormentas, con cientos o miles de meteoros vistos por hora, según la ubicación del observador. Por ejemplo, en 1966 tuvo lugar una de las más espectaculares, cuando miles de meteoros por minuto atravesaron la atmósfera de la Tierra durante un período de quince minutos. Las crónicas de la época recogen que se vieron tantos meteoros que parecía que llovía. En 1833 decenas de miles de estos bólidos iluminaron el cielo nocturno, y muchos pensaron que había llegado el fin de mundo. La última tormenta de meteoros Leónidas se produjo en 2002, así que la próxima no se producirá hasta 2035.

Cómo observarlas
La Leónidas reciben su nombre porque parecen llegar de la constelación de Leo, lo que se conoce como radiante. Pero no hace falta fijarse en estas coordenadas para verlas. Es más, desde NASA aconsejan mirar lejos del radiante, ya que de esa forma los meteroros parecen más largos y bonitos.

Para la observación, es recomendable acomodarse en un área alejada de las luces de las ciudades, sin montañas, grandes árboles o edificios que impidan la visión completa del firmamento. Como ocurre con todas las lluvias de estrellas, lo mejor es acostarse boca arriba y mirar al cielo.

Eso sí, este año hay algunos inconvenientes. Para empezar, hay que ir muy bien preparado contra el frío, la experiencia dista de ser tan ligera como cuando se observan las Perseidas de agosto. Además, las nubes que se anuncian para el fin de semana parece que se interpondrán para ver en todo el esplendor del espectáculo (procure consultar antes el parte meteorológico del lugar en el que se encuentra). Por otro lado, el máximo de las leónidas se producirá con la Luna comenzando a menguar (el plenilunio tendrá lugar el 12 de noviembre), por lo que el brillo de nuestro satélite también se interpondrá en la buena visión de la lluvia de estrellas. Sin embargo, aún puede salvar este obstáculo y observar el fenómeno astronómico cerca del amanecer.

El último Nobel de Física reniega de la «Teoría del Big Bang»: «No tenemos pruebas de lo que pasó»

El ganador de Premio Nobel de Física en 2019, James Peebles, ha realizado unas declaraciones sorprendentes: odia escuchar el término «Big Bang» porque cree que «es bastante inapropiado». El científico, reconocido precisamente por su aportación en el campo de la cosmología y su investigación de la radiación de fondo cósmico, reniega del apodo de la «gran explosión» porque dice que no hay pruebas de que realmente sucediera así.

«Lo primero que hay que entender sobre mi campo es que su nombre, la Teoría del Big Bang, es bastante inadecuado», afirmó Peebles, de 84 años, ante una audiencia absorta en un evento en honor a los ganadores del Premio Nobel en la Embajada de Suecia en Washington (EE. UU.) este miércoles. «Tiene un significado sobre la noción de un evento y una teoría que están bastante equivocados», continuó, agregando que, de hecho, no hay evidencia concreta de una explosión gigante.

El mes pasado, el comité Nobel reconoció a Peebles por su trabajo desde mediados de la década de 1960 desarrollando el marco teórico que ahora esta vigente para explicar el Universo joven. Sin embargo, él mismo recalca que aún no se conoce con certeza qué ocurrió en ese comienzo. «Es muy lamentable que uno piense en el origen, mientras que, de hecho, no tenemos una buena teoría de algo como eso», dijo a la agencia AFP en una entrevista.

«Lo que sí tenemos es una teoría de la evolución bien probada desde un estado inicial hasta el actual, comenzando desde los primeros segundos de expansión», puntualizaba Peebles. Esos primeros momentos están probados gracias a unas firmas cosmológicas llamadas «fósiles», basados en el helio y otras partículas que resultaron del momento en el que el Universo estaba muy caliente y denso. Estos momentos sí que han sido bien argumentadas por pruebas y controles. Sin embargo, la misteriosa fase inicial aún sigue siendo eso, un misterio.

«No tenemos una prueba sólida de lo que sucedió antes de eso en el tiempo. Tenemos teorías, pero no están probadas», afirmó el profesor emérito de Princetown.

«Me he rendido»
Peebles continuó explican que la humanidad descibre teorías «comparándolas con experimentos». «Simplemente, no tenemos evidencia experimental que lo que ocurrió en el origen». Una de esas teorías, la más aceptada, se conoce como el «modelo de inflación». Esta idea sostiene que el Universo primitivo se expandió exponencialmente rápido durante una fracción muy pequeña de un segundo justo antes de la probada fase de expansión.

«Es una teoría hermosa», señala Peebles. «Mucha gente piensa que es tan bonita que seguramente es correcta, pero la evidencia en torno a esta teoría es muy escasa». Después fue preguntado acerca de qué nombre deberíamos utilizar para ese momento del origen, pero dio una lacónica respuesta: «Me he rendido, yo uso Big Bang. Pero no me gusta. Durante años, algunos de nosotros hemos tratado de persuadir a la comunidad para que encuentre un término mejor sin éxito. Así que ‘Big Bang’ es el mejor que tenemos. Es lamentable, pero todos conocen ese nombre. Así que me rindo».