Descubren agua en un planeta similar a la Tierra

Se llama K2-18b y a partir de ahora es el mejor candidato planetario para albergar vida, después de la Tierra. Nos separan de él 111 años luz. Nos hermana a él que ambos planetas estamos a una distancia correcta de nuestro Sol, que ambos poseemos atmósfera, que en ambos puede haber agua en forma de vapor y que en ambos llueve. K2-18b es, por ello, un planeta habitable, uno de los más interesantes jamás estudiados. ► ¿Qué es un exoplaneta?Un equipo de científicos liderados por Angelos Tsiaras, del Centro para el Estudio de Datos Exoquímicos del University College de Londres, desveló ayer el resultado de sus estudios sobre este planeta, ocho veces más masivo que la Tierra y que, por ahora, es el único cuerpo que orbita fuera del Sistema Solar con capacidad para mantener agua y disfrutar de temperaturas compatibles con la vida. Que se sepa. El hallazgo, publicado por la revista «Nature Astronomy» se ha convertido en el primer caso de detección atmosférica en un planeta no solar que orbita en una zona habitable.La ciencia sabe que los planetas no son un tesoro exclusivo de nuestro Sol. Alrededor de cientos de millones de otros soles pueden orbitar mundos de todo tipo. Cuántos de ellos se encuentran a la distancia correcta de su astro para que la energía que les llega pueda mantener agua líquida es un misterio. En cuántos de esos planetas que flotan en la zona de habitabilidad hay, realmente, agua líquida, un arcano aún. Qué porcentaje de esos últimos tienen, de verdad, condiciones para la vida, una pregunta sin responder. Pero K2-18b nos acerca un poco más a la respuesta.

¿Fue así el origen de la vida?

Hace más de 3.500 millones de años la vida en la Tierra era algo muy diferente a lo que hoy entendemos por vida. De hecho es bastante cuestionable que pudiera considerarse vida. Si observáramos hoy aquel planeta primitivo supuestamente habitado tendríamos serios problemas para considerarlo precisamente habitado. Una nave espacial imaginaria que se hubiera posado en la Tierra hace más de 3.500 millones de años habría encontrado en algunos lugares de su superficie una especie de sopa aleatoriamente trufada de moléculas. Se trataba de moléculas orgánicas o pre-orgánicas sin aparente interés para un alienígena en busca de vida cósmica. Sin embargo, esa sopa contenía los ingredientes imprescindibles para que en el futuro apareciera la vida. En ese caldo ya estaba el embrión de las primeras bacterias, de los subsiguientes seres pluricelulares, de la primeras especies de fauna y flora complejas, de los primeros vertebrados, anfibios, mamíferos, primates… el embrión de lo que más de 3.500 millones de años después seríamos usted y yo. Y es que algunas de esas moléculas aleatoriamente desperdigadas por la sopa primordial de la Tierra se agruparon organizadamente para formar cadenas de ADN y de ellas surgieron pareces celulares que contenían células y minúsculos órganos internos que mantenían aquellas células vivas. Fue una especie de lotería, un milagro cósmico o un evento único. O quizás no. Quizás se tratara del modo natural en el que evolucionan determinadas moléculas al caer en el terreno fértil que necesitan: un planeta de tamaño mediano, con atmósfera y a la distancia correcta de su Sol). Fuera como fuere, para la ciencia sigue siendo un misterio: ¿Qué hizo que aquella sopa amorfa preñada de moléculas sin sentido se convirtiera en el caldo de cultivo del único ejemplo de vida que conocemos en el cosmos? Ese misterio aparentemente insondable empezó a serlo menos una tarde lluviosa de 1953 cuando un profesor de la Universidad de Chicago, Harold Clayton Urey, y su antiguo alumno Stanley Miller introdujeron en un matraz estéril algunos ejemplos de las moléculas que se cree que formaron la sopa primigenia de la Tierra: agua, metano, amoniaco, hidrógeno… El conjunto se calentó y fue sometido a algunas descargas eléctricas, para imitar lo que pudo ser el ambiente de la Tierra hace 3.500 millones de años. Con el aporte de energía de unos electrodos la pareja logró la obtención de aminoácidos, algunos azúcares y de ácidos nucleicos, pero nunca logró la obtención de materia viva, solo algunos de sus componentes. En cualquier caso, el experimento Miller-Urey pasó a la historia como la primera constatación de que el origen de la vida fue realmente el resultado de una mezcla de moléculas en un caldo de cultivo ideal que, hasta ahora, solo nos consta que se produjera una vez en la historia del Universo. Ahora, la Asociación Química Americana ha anunciado un nuevo descubrimiento que puede dar más pistas sobre lo que realmente ocurrió. De hecho, se ha demostrado que el nacimiento de la vida en un planeta es algo mucho más sencillo de lo que parecía y que la interacción energéticamente apropiada de solo dos de esas famosas moléculas (agua e hidrógeno) podría dar origen a los más importantes precursores del ARN y, por lo tanto, a los ladrillos constructivos de los genes. El experimento de 1953 requirió de una gran parafernalia: matraces, chispas eléctricas que simulaban rayos, agua que se calentaba y se enfriaba, metano, amoníaco… Todos los elementos contenidos en el ensayo reaccionaron para formar ácido cianídrico o cianuro de hidrógeno, formaldehidos y otros ladrillos fundamentales de biología. Pero los expertos siempre han considerado que el matraz de Miller era demasiado simple como para reproducir con fiabilidad las condiciones reales que vivió la Tierra cuando todos éramos simples proyectos de bacteria. La espesa atmósfera de la época debió de dificultar la transmisión de protones de alta energía procedentes de rayos o de la luz ultravioleta del Sol. En las condiciones de un laboratorio, la chispa de la vida es más sencilla. En la Tierra de hace 3.500 millones de años habría sido necesaria una cantidad de energía que no es fácil de explicar. Por suerte para nosotros, la ciencia hoy cuenta con herramientas de las que no disponían Miller y Urey para simular las condiciones de la atmósfera de hace tanto tiempo. Los químicos utilizan los llamados nanorreactores ab initio. Se trata de complejos sistemas de simulación que pueden repetir condiciones extremas en entornos químicos más o menos a gusto del consumidor. Para lograr estas simulaciones se requiere una fuente de energía externa que produce colisiones de moléculas a alta velocidad y un sistema de visualización que permite seguir en tiempo real cómo reaccionan las moléculas que colisionan. Para entendernos, es como una gran batidora para hacer mayonesa. Podemos ejercer energía con la batidora y generar movimientos de colisión entre las moléculas del huevo y el aceite y ver en directo cómo esas moléculas se fusionan para convertirse en algo diferente a lo que eran por separado. Gracias a estos dispositivos, los expertos ahora han podido realizar simulaciones de cómo era la Tierra hace casi 4.000 millones de años con mucha más precisión de lo que Miller y Urey pudieron soñar. Aprovechando la potencia de esta nueva tecnología, los investigadores han demostrado que en los océanos de la Tierra primitiva se generaron grandes cantidades de ácido cianídrico y que la fusión de este elemento con el oxígeno y el hidrógeno del agua es suficiente para formar aminoácidos. Los aminoácidos son los materiales que necesita el ARN para aparecer y éste, a su vez, es el mensajero químico de los genes. Donde hay aminoácidos se ha dado un paso decisivo para que haya ADN, células y vida. En el nuevo ensayo no es necesario que se produzca una gran cantidad de energía. Se trata de una reacción termodinámica autónoma. Es decir, que las pegas que se habían puesto al experimento de 1953 podrían haber sido resueltas. Incluso en un entorno de atmósfera hiperdensa como la que pudo haber hacer miles de millones de años, la vida pudo aflorar. Pero el experimento de Miller-Urey es uno de los más bellos de la historia. Por primera vez la ciencia pudo «jugar» a crear ladrillos de la vida en un matraz. Pero se realizó en un periodo de en el que no existían las capacidades de computación de hoy, la inteligencia artificial, las simulaciones en tres dimensiones. Fue el producto de una era en la que la ciencia se hacía en laboratorios asépticos, con material de cristal, cables, redomas, placas de Petri, pinzas, electrodos, lápiz, papel y mucho ingenio. Sorprende la osadía de aquellos dos hombres pero más sorprende que casi 70 años después sus conclusiones puedan ser avaladas. Aún no sabemos realmente cómo surgió la vida en la Tierra. ¿Qué puso aquí aquellas moléculas iniciales? ¿Qué fue responsable de la existencia de tan fértil atmósfera? ¿Por qué somos los únicos habitantes conocidos del cosmos? La vida, afortunadamente, sigue siendo un misterio.

Sí, Einstein tenía razón

Einstein tenía razón. Dicho así, parece una perogrullada. Einstein, el mayor científico que han dado los siglos, uno de los hombres más inteligentes que han pisado la Tierra, ¿cómo no va a tener razón? La tendría siempre.Pero las cosas no son tan sencillas. Su teoría de la Relatividad es un prodigio de la física cosmológica, un monumento a al teorización matemática, pero un suplicio para quienes han querido demostrarla. Para constatar que sus ideas eran ciertas (que lo eran) el mejor método sería encerrar en un laboratorio el cosmos entero y probar sobre él: cambiar medidas, fuerzas, componentes… Todo hace indicar que se hiciéramos ese ejercicio, que es el mismo que se realiza para comprobar cualquier fenómeno físico, resultaría que Einstein tiene razón. Pero es evidente que tamaño ejercicio experimental es imposible. Por eso, desde que hace más de 100 años Albert lanzara al mundo sus ideas, la ciencia se empeña en demostrarlas por medios más factibles. Y lo hace. La última vez, hoy mismo cuando un equipo de científicos, entre ellos expertos españoles, hizo público los resultados de su seguimiento durante 26 años de la estrella S2, a 26.000 años luz de la Tierra. Y sí, Einstein tenía razón.La teoría de la relatividad general sostiene que la gravedad no es otra cosa que el efecto de la curvatura en el espacio y el tiempo. Cuando un objeto atrae a otro en el cosmos, no es porque una suerte de hilo de partículas invisibles tire de ellos. El efecto, más bien, se parece al de una colchoneta en la que sentamos a tres niños. Dos delgaditos en los extremos y uno más pesado en el centro. Los primeros caerán hacia el lado del más voluminoso por la curvatura que éste realizará en la colchoneta.Esta teoría ha sido la mejor descripción jamás realizada de cómo funciona la gravedad. Pero para que una teoría sea cierta debe funcionar en cualquier lugar en el que se pruebe: tanto en la colchoneta de los niños como en el interior del centro de una galaxia. En estudio publicado hoy en Science eligió la parte más difícil: el centro de una galaxia. De hecho, este trabajo es uno de los dos únicos realizados sobre la estrella S2 que circula centra de Sagitario A, el agujero negro que hay en el centro de la Vía Láctea.A 26.000 años luz de nuestro planeta, Sagitario A es un agujero supermasivo con una masa equivalente a cuatro millones de soles como el que nos ilumina cada mañana. Estos agujeros tienen una atracción gravitatoria tal que absorben todo lo que se acerca a ellos, incluso la luz. Es muy difícil, por no decir imposible, medir cómo funcionan las teorías sobre la gravedad de Einstein en un agujero negro. Pero se pueden comprobar de manera indirecta observando el efecto que provoca en las estrellas que lo rodean. Es como determinar la velocidad a la que iba un coche estrellado por el tamaño de las huellas que dejó al frenar.La estrella S2 dibuja una elipse muy pronunciada en torno a Sagitario A. En su punto de máximo acercamiento se sitúa solo a 3 veces la distancia que hay entre el Sol y Plutón. A esa distancia, según la teoría de Einstein, los fotones que emite la estrella deberían sufrir una pérdida de energía, como si el agujero estuviera absorbiendo la luz del astro.

Los beneficios del cannabidiol, la molécula milagrosa

La pequeña Charlotte Figi consumía marihuana a los seis años. Y, obviamente, la pequeña Charlotte no fumaba; se le administraba el compuesto por vía oral, a partir de un aceite extraído de la planta.Charlotte había sido diagnosticada con síndrome de Dravet, o epilepsia mioclónica, provocada por una mutación del gen SCN1A. Las convulsiones diarias que sufría la pequeña eran tan fuertes y numerosas que sus padres pusieron una nota de «no resucitar» en su expediente médico. La habían dado por perdida después de intentar todos los tratamientos conocidos. Hasta que les sugirieron agotar un último recurso y utilizar el aceite de la «Decepción del Hippie» (como también es conocida esta marihuana, debido a sus efectos psicotrópicos). Consiguieron el aceite gracias a Alan Shackelford, médico de la Universidad de Heidelberg, quien ha dedicado sus investigaciones al tratamiento de varias enfermedades con marihuana medicinal. Desde ese momento, los ataques se redujeron notablemente: ahora solo tiene cuatro al mes y puede hacer vida normal.La noticia comenzó a circular por redes sociales primero, más tarde se expandió por los periódicos, y la recuperación de Charlotte hizo que cientos de familias se trasladaran a Colorado, donde vive la niña y uno de los 33 estados en los que la variedad terapéutica de Cannabis sativa es legal. De hecho la niña es hoy símbolo para los que proponen la legalización universal del uso terapéutico de los compuestos del cannabis. Algo que, en España, aún no está regulado.El cannabis ya se utilizaba como medicina hace más de 4.000 años (en Egipto se recomendaba, entre otros muchos usos, para los dolores de hemorroides), y contiene 489 componentes diferentes. Pero solo 70 de ellos son cannabinoides, sustancias químicas que también fabrica nuestro cerebro de modo natural a modo de endocannabinoides.Estos compuestos están relacionados con el funcionamiento de los neurotransmisores y afectan al control motor, al aprendizaje, a las emociones y a la conducta. Los dos componentes más conocidos de la marihuana son el THC (TetraHidroCannabinol) y el cannabidiol (CBD). Si el primero de ellos es un potente psicotrópico, el CBD tiene efectos anticonvulsivos y antiinflamatorios, entre otros.El CBD acaba de tener el honor de convertirse, nada menos, que en portada de «The New York Times Magazine» en una sorprendente apuesta periodística sobre las supuestas y múltiples facultades curativas de esta molécula milagrosa. La lista de bondades atribuidas al CBD no parece caber en una portada de revista. Si se analiza con calma la literatura científica y menos científica al respecto, aparecen supuestas aplicaciones de este derivado de la marihuana para aliviar el Síndrome de Estrés Postraumático, promover la desintoxicación por exceso de opiáceos, tratar el colon irritable, aliviar los síntomas del Parkinson, tratar la depresión, ralentizar el avance de la demencia, detener brotes psicóticos, tratar daños cerebrales, reducir niveles de azúcar en sangre, prevenir la ansiedad, calmar a perros irritables, aliviar síntomas menstruales, ayudar a dormir mejor… Una lista demasiado larga para ser tomada en serio. ¿O no?La situación legal de la marihuana vive un momento convulso. El año pasado Canadá se convirtió en el primer país del G7 que aprobaba sin excesivas limitaciones la producción y el consumo de la planta. En Estados Unidos hay 10 estados que permiten su uso recreativo y 33 que han legalizado el empleo medicinal. Uruguay legalizó la marihuana en 2013 y Chile discute ahora si se aprueba el autocultivo.En Europa, además del mítico caso de Holanda, la República Checa ha aprobado su uso terapéutico. En España, la situación es peculiar. Somos el cuarto país de Europa en consumo de cannabis y, según el CIS, el 47% de los españoles está a favor de legalizar la venta y el 87% de la autorización médica. Pero las iniciativas parlamentarias para regular este punto siguen paralizadas.Muchos países han seguido el mismo camino pautado hacia la legalización. Tras la autorización para el uso medicinal, se ha adquirido la experiencia suficiente para la legalización general. La evidencia científica más sólida admite que componentes como el CBD son de especial interés en el tratamiento del dolor neuropático, la espasticidad, la anorexia, algunos tipos de glaucoma y para aliviar los efectos secundarios de la quimioterapia. Pero no son pocos los expertos que consideran que las pruebas ofrecidas parecen, todavía, insuficientes. A finales de 2018, el Observatorio Europeo de Drogas y Toxicomanías elaboró un detallado informe sobre el uso de la marihuana en medicina. El trabajo señala que las evidencias en torno al cannabis terapéutico «evolucionan rápidamente y actualmente son bastante limitadas y fragmentadas». En todo caso, los ensayos clínicos realizados sobre determinadas patologías y síntomas «sugieren que los cannabinoides alivian los síntomas de algunas enfermedades». La clave está, según la autoridad europea, en la comparación de sustancias como el CBD con otros fármacos disponibles. En el caso de los efectos secundarios de la quimioterapia, por ejemplo, la evidencia al respecto es calificada de «débil». Hay pocos estudios que comparen los cannabinoides con los últimos antieméticos, que son más efectivos que los antiguos para evitar los vómitos y las náuseas. Los ciclos de quimioterapia más modernos producen menos náuseas y hay poca evidencia disponible sobre el uso de cannabis en otros tipos de náusea.Donde mejor parados salen los compuestos derivados del cannabis es en la reducción de espasmos musculares, el dolor crónico de origen neuropático y la epilepsia infantil. En España solo hay un medicamento legal que contiene extractos del cannabis: Sativex, un fármaco muy caro que reduce la rigidez muscular en casos de Esclerosis Múltiple. Pero, como dice el doctor Mariano García, portavoz del Observatorio Español de Cannabis medicinal, la presión por aliviar ciertas enfermedades y las evidencias que van llegando sobre las bondades del cannabis fuerzan a algunos pacientes a «usar, desgraciadamente, la peor vía: fumarse un porro». El consenso no parece sencillo. Y avanzar en la creación de un cuerpo de evidencia científica suficiente para avalar o no el uso medicinal de estas sustancias tampoco es fácil. En España solo dos empresas y tres centros de investigación tienen permiso para cultivar marihuana con fines científicos. El sistema de licencias está mucho más controlado que en el caso de otras sustancias de la naturaleza que puedan tener interés médico.El camino hacia la marihuana terapéutica aún está por recorrer. Mientras tanto, miles de pacientes de todo el mundo se acercan a modalidades de consumo no reguladas o directamente ilegales mediante canales alternativos, asociaciones de activismo o doctores afines a la causa. Aceites, pastillas, productos gastronómicos que, en muchos casos, aseguran tener beneficios imposibles de demostrar.

El universo se expande más rápido

El telescopio espacial Hubble ha vuelto a revolucionar, a pesar de avanzada edad, al mundo de la astronomía al arrojar una nueva y fascinante luz sobre el origen y quizás el destino del cosmos. Según un trabajo publicado ayer en «Astrophysical Journal Letters» por el premio Nobel Adam Riess y su equipo de la universidad Johns Hopkins, el universo se está expandiendo a una velocidad un 9% superior a la que hasta ahora se había estimado. Las probabilidades de que la nueva medición de la velocidad de expansión del cosmos sean fruto de un error son solo de una entre 100.000 lo que sugiere que estamos con un alto grado de certeza ante un acontecimiento histórico: una nueva constante física que quizás obligue a cambiar algunos libros de cosmología.Para llegar a tal conclusión, los autores del estudio han analizado la luz de 70 estrellas que habitan en la Gran Nube de Magallanes, el vecindario más cercano de nuestra galaxia. En las mediciones han empleado un nuevo método que permite extraer imágenes de alta velocidad de cada una de las estrellas estudiadas. En concreto, sus objetivos fueron estrellas cefeidas, objetos cósmicos de gran interés para la investigación del espacio. Las cefeidas son unas estrellas pulsantes con una luminosidad que varía periódicamente a lo largo del tiempo. Deben su nombre a la estrella Cefeo identificada en 1784 por John Goodricke. Su emisión luminosa es tan regular que pueden ser utilizadas para medir grandes distancias cósmicas, como si se tratara de faros en la lejanía que emiten pulsos de luz para orientarnos el océano. El método habitual para medir distancias y velocidades estelares es muy proceloso. El telescopio Hubble solo es capaz de medir una estrella por cada una de sus órbitas alrededor de la Tierra, es decir, cada 90 minutos. Pero los expertos del equipo de la Johns Hopkins idearon un mecanismo más inteligente: una estrategia llamad DASH que mide la deriva de los astros y que trabaja como una cámara de fotos automática (de esas que enfocan a los objetos más susceptibles de ser fotografiados de manera automática sin que tengamos que orientarla). Con esta tecnología se puede enfocar a docenas de astros distintos en esos mismos periodos de 90 minutos. La clave de esta nueva investigación es poder mejorar la capacidad técnica de medir distancias muy grandes. Es imposible medir con exactitud distancias que superen los 1.000 parsecs (un parsec es una medida cercana a 200.000 veces la distancia entre el Sol y la Tierra). Del mismo modo que a nosotros, en la lejanía nos parece que un avión en el cielo no se mueve, a los telescopios en la lejanía infinitamente mayor del cosmos les cuesta comprender bien las distancias y las velocidades. A partir de 1.000 parsecs es necesario asumir modelos matemáticos para inferir distancias, pero no es posible la medición directa. A esos modelos se les llama escaleras de distancias cósmicas.Se llama así porque cada modelo pude medir una distancia. Para medir una distancia mayor hay que añadir un modelo nuevo al anterior, como peldaños de una escalera.Y ¿por qué es tan importante conocer esas distancias?. Los fundamentos de la física del cosmos actual se basan en que el universo se expande como un globo que se infla. Y la velocidad a la que se expande fue medida por el astrónomo Edwin Hubble por lo que se conoce como “constante de Hubble”. Para hacernos una idea podemos imaginar que el cosmos es un globo y dos galaxias son dos botones pegados en su superficie. A medida que se infla el globo, los botones se separan. En el caso del cosmos, cuanto más se separan, más aumenta la velocidad a la que siguen separándose. En concreto, según Hubble, esa velocidad es de 70 kilómetros por segundo a una distancia de 3,26 millones de años luz).La constante de Hubble se ha ido definiendo con más exactitud con el paso del tiempo. Una medición muy ajustada fue la realizada por el satélite Plank de la Agencia Europea del Espacio analizando datos sobre las condiciones del universo en sus primeros pasos de evolución (380.000 años después del Big Bang)La nueva medición es más precisa y arroja un aumento de la velocidad de expansión de un 9 por 100. En realidad no se trata de una corrección, simplemente se trata de dos objetos de estudio distintos. La medición del origen del universo es diferente a la observación actual. Por poner un ejemplo algo burdo, sería como ver a qué velocidad crece un niño y compararlo con la velocidad de crecimiento de se mismo individuo en la adolescencia. Solo que en este caso parece que el adolescente está creciendo más deprisa que el bebé. Si las dos mediciones cósmicas difieren es porque quizás haya ocurrido algo entre el origen del espacio y nuestros días que los astrónomos no conocen.¿Qué es ese misterio? Los físicos no tienen repuesta. Pero puede que la discrepancia en las dos velocidades esté causada por algún fenómeno sucedido en la evolución del cosmos que desconocemos y que podría cambiar nuestra concepción de la astronomía. ¿Será necesario volver a aprender física?

Capturada por primera vez la molécula del Big Bang

Todo comenzó hace 13.000 millones de años. En el principio del espacio y el tiempo, el Universo no era más que una sopa indiferenciada con tres ingredientes sencillos, tres átomos únicos calientes, dispersos, aislados. Aún faltaban más de 100 millones de años para que los primeros embriones de estrellas empezaran a aflorar en el cosmos vacío. Durante los primeros 100.000 años aproximadamente, esos átomos sueltos y esquivos camparon a sus anchas en soledad. Pero de repente algunos de ellos comenzaron a establecer alianzas, a unirse formando moléculas algo más complejas. La primera molécula de la historia del Universo, la madre de todas las moléculas, debió de ser una combinación azarosa de hidrógeno y helio que hoy los científicos llaman hidruro de helio (HeH+). Sin embargo, nunca se había podido detectar la existencia de esa molécula. El siglo pasado pudo ser sintetizada en laboratorio, pero jamás se había hallado en la naturaleza.Ahora, un equipo de científicos que escudriñaba el cielo a bordo del Observatorio Estratosférico para Astronomía Infrarroja (SOFIA) ha anunciado al mundo una de las noticias más largamente esperadas: se han encontrado grandes cantidades de hidruro de helio en los restos de una estrella que algún día fue parecida al Sol, y que se encuentra a unos 3.000 años luz de distancia de la Tierra. Se trata de la muestra real de la primera molécula del Universo, una huella de la partícula que inauguró la química del todo, de la que surgieron todos los demás compuestos: las primeras cadenas complejas, los aminoácidos, las proteínas, los genes, usted y yo… procedemos del instante primitivo en el que el HeH+ apareció espontáneamente por primera vez poco después (100.000 años después) del Big Bang.El logro no ha sido sencillo. Durante décadas, los astrónomos han tenido que luchar contra una pertinaz ausencia de evidencias sobre cómo fueron los primeros pasos de la química. En los años 70 del siglo pasado, algunos modelos teóricos propusieron que el hidruro de helio debía existir en cantidades significativas en los gases circundantes a lejanas estrellas del tamaño de nuestro Sol. Allí, en teoría, se daban condiciones físico-químicas similares a las que tuvieron lugar en el origen del cosmos. Pero la detección de esas moléculas se hacía prácticamente imposible desde la Tierra. Compuestos sencillos como el HeH+ emiten radiación en una frecuencia conocida como infrarrojo lejano. Las emisiones de este tipo son tan débiles que quedan bloqueadas en la atmósfera. Ningún telescopio desde el suelo puede capturarlas.Ésa es la razón por la que la NASA y el Centro Aeroespacial Alemán decidieron embarcarse en la misión SOFIA. Nunca mejor dicho lo de «embarcarse», porque se trata de un avión Boeing 747 con un espectrómetro de infrarrojos a bordo capaz de volar a 14.000 metros de altura en los predios de la estratosfera. De ese modo, se evita el 80 por ciento del ruido generado por la atmósfera. Durante años, los científicos han analizado las imágenes tomadas por el espectrómetro SOFIA a través de los grandes ventanales habilitados en el fuselaje de la aeronave. Hasta que en 2016 apareció algo que podría ser relevante en la nebulosa NGC 7027, a 3.000 años luz de distancia. Al analizar el registro espectral de la zona estudiada apareció, por primer vez en la historia, la huella del HeH+, la deseada molécula, la madre primitiva de la química cósmica. Desde 2016 hasta ahora los expertos han analizado la imagen para demostrar, de manera inequívoca, que se trata de una «fotografía» robada a la esquiva molécula. Se demuestra así que los modelos teóricos estaban en lo cierto.En el Universo primitivo, se produjeron cambios de condiciones físicas radicales. En muy poco tiempo, las temperaturas cayeron de manera espectacular pero no bajaron de los 4.000 grados Celsius, en condiciones aún muy inhóspitas para la formación de cualquier molécula. Incluso así, el milagro surgió. Es cierto que como cualquier otro gas noble, el helio tiene muchas dificultades para establecer uniones con otros elementos, pero lo hizo, se unió con el hidrógeno y dio «permiso» para que comenzara la orgía de agrupaciones causante de lo que devino después. La unión de helio e hidrógeno era frágil e inestable pero dio paso a otros matrimonios más robustos y duraderos que mantuvieron la materia prima necesaria para que la sopa informe del origen del cosmos fuera cobrando estructura. Millones de años después, gracias a esas formaciones empezaron a aparecer los primeros astros y la historia del cosmos cambió para siempre. En el interior de aquellas primeras estrellas, potentes hornos dieron lugar a reacciones nucleares de las que surgieron los primeros elementos pesados: carbono, oxígeno, nitrógeno… las bases de todo lo que nos rodea: del hierro de nuestra sangre, del carbono de la tinta de este periódico, del oro de su anillo de boda, del oxígeno que da vida a su nieta mientras usted lee estas líneas… Todo surgió gracias a que, en el principio, existió HeH+, la esquiva molécula de la que acabamos de tomar la primera fotografía.

Esta es la primera imagen de un agujero negro

Científicos del Consorcio Internacional de Event Horizon Telescope (EHT) han mostrado al mundo entero, por primera vez, la fotografía de lo invisible, la imagen primera de lo que, por definición, no deja imagen. Un agujero negro. Y lo han hecho en lo que puede que haya sido el evento de comunicación científica más impactante de los últimos años: una docena de ruedas de prensa repartidas por todo el planeta simultáneamente, una de ellas, en la sede central del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en Madrid donde se encontraban los responsables españoles del acontecimiento: José Luis Gómez, investigador del Instituto de Astrofísica de Andalucía y coordinador de la participación del CSIC en los resultados; Iván Martí-Vidal, investigador del Instituto Geográfico Nacional: Miguel Sánchez Portal y Rebeca Azulay, del Instituto de Radioastronomía Milimétrica de la Universidad de Valencia y Atxon Alberdi, Director del Instituto de Astrofísica de Andalucía.Y tanta expectación, tanto científico eminente, tanta gente abarrotando el salón de actos del CSIC (cerca de 400 personas)… ¿solo por una foto? O, mejor dicho ¿una imagen?Pues sí. Porque se trataba de la primera imagen jamás capturada de un agujero negro. “Este es un acontecimiento histórico para la humanidad… la presentación de una fotografía que fue imaginada por un solo hombre, Albert Einsten en 1915 y que ha ocupado la mente de toda mi generación”, declaró desde Bruselas a todo el mundo Carlos Moedas Comisario Europeo de Investigación, Ciencia e Innovación. “Estoy orgulloso de la ciencia porque hemos sacado una sola fotografía que ha sido capaz de unir a todo el mundo para mirarla”. La foto refleja un aro naranja de plasma, en medio de la inmensidad del centro de la galaxia M87. En el interior, un vacío negro del tamaño de 8 sistemas solares. Adornado el espacio vacío, un anillo de luminosidad brillante, extremadamente circular tal como predijo la relatividad de Einstein, producido por la absorción de fotones de la materia devorada.Todo ello conforma un monstruo de 6.500 de veces más masa que nuestro Sol flotando a 55 millones de años luz de distancia“El Telescopio Horizonte de Sucesos ha transformado nuestra visión de los agujeros negros de un concepto matemático en algo real que puede ser estudiado a través de repetidas observaciones astronómicas”, ha comentado José Luis Gómez. “Hemos logrado algo que parecía simplemente imposible hace tan sólo una generación” Y es que hasta la fecha, los agujeros negros no tenían cara. Los conocíamos porque su presencia es necesaria para explicar cómo se comporta el cosmos tal como auguraba la teoría de la relatividad y porque los modelos de formación y origen del universo sugerían que estas estrellas muertas supermasivas ocurren a menudo. Y a partir de las ecuaciones que explicaban su existencia y del rastro que posteriormente los telescopios más potentes dejaron de sus consecuencias en espacio que les rodea (del mismo modo que intuimos la presencia del viento invisible por el movimiento de las ramas de los árboles). Pero nunca se había obtenido la imagen de uno de estos fenómenos.Y todos sabemos que una imagen vale más que mil palabras.

ALH 77005, el meteorito que puede dar pistas sobre la vida en Marte

Se llama ALH 77005 y lleva más de 40 años en los almacenes de un centro de investigación de la NASA. Se trata de un meteorito procedente de Marte que hallaron en 1977 científicos japoneses en la estación Allan Hills de la Antártida. Ahora, se ha convertido en uno de los meteoritos más codiciados por los astrobiólogos después de que científicos húngaros hayan anunciado el hallazgo de restos compatibles con la vida bacteriana que pudo existir hace miles de millones de años en el planeta rojo. Las nuevas bioformas encontradas son similares a la huella que deja la vida microscópica en las rocas de la Tierra. Los científicos han analizado una delgadísima sección de la roca marciana mediante microscopía óptica que permite interpretar hasta el menor resquicio del interior de los poros del mineral. Allí han encontrado cristales de pequeño tamaño de diferentes minerales, entre ellos piroxenos y olivinos. En algunos de ellos se ha encontrado una estructura que no corresponde a la que habitualmente se halla en este tipo de rocas. Son formas filamentosas que en la Tierra sugieren la acción de una bacteria. Cuando las bacterias terrestres realizan su función metabólica dejan un rastro de oxidación, de hierro, que cristaliza y se convierte en una especie de microfósil que puede durar miles de millones de años. Unos de estos filamentos en una roca terrestre es como la huella de un pie para los paleontólogos: indica que la vida anduvo sobre esa roca. ¿Ocurriría lo mismo en Marte? Los autores de este nuevo hallazgo no son capaces de llegar tan lejos. Desde que las sondas Vicking I y Vicking II trataron de buscar los primeros restos biológicos en Marte la ciencia sabe dos cosas: que hoy no hay vida en el planeta y que es muy probable que en el pasado sí la hubiera. Pero nunca ha sido capaz de encontrar rastros que confirmen la segunda hipótesis. Este meteorito tampoco lo es. Según sus descubridores, podrá ayudar a generaciones futuras de científicos a buscar mejor huellas de vida en el planeta rojo, pero por sí solo no es una prueba de esa vida. La búsqueda de vida en Marte ha seguido varias estrategias. Lo más importante es demostrar que las condiciones del planeta rojo son propicias para la actividad biológica. Como es ya sabido, la presencia de agua en abundancia es imprescindible para ello. Hay docenas de evidencias de que efectivamente el agua pudo correr por la superficie marciana. Otra condición necesaria es que existieran los componentes orgánicos básicos para la formación de las bacterias.La búsqueda de estos componentes es ahora uno de los mayores retos de la investigación marciana y de hecho buena parte de las misiones enviadas al planeta tratan de rastrear la superficie y el subsuelo para extraer muestras donde pudiera existir esa materia orgánica primitiva. Pero los resultados siguen siendo poco concluyentes, a pesar de que, periódicamente, la NASA gusta de alertar a los medios de comunicación con algún anuncio que sugiere que han encontrado algo definitivo. La realidad es que la vida en Marte sigue siendo un sueño inalcanzable. Los autores de este descubrimiento están convencidos de que han puesto sobre la mesa una nueva herramienta que podría ayudar en el futuro a hacer ese sueño realidad. Si el meteorito ALH 77005 realmente encierra en su interior las microscópicas bioformas precursoras de la vida, es probable que en la Tierra o pululando por el espacio haya miles de objetos similares. Buscar vida en Marte puede que sea ahora algo mucho más sencillo, y quizás la pista la hayamos tenido mucho más cerca de lo que creíamos: en nuestra propia casa. De las toneladas de meteoritos que han caído en la Tierra durante su historia, una buena parte proceden de impactos que extrajeron material de Marte. No sería raro que alguno de ellos, quizás todavía esperando a ser encontrado, contenga otras muestras similares a éstas, pero más definitivas. Del mismo modo, la tecnología ahora empleada para este último hallazgo podría aplicarse a otras rocas en la Tierra o fuera de ella para indagar si en su interior también aparecen huellas de vida pasada. En otras palabras si antes teníamos ínfimas posibilidades de encontrarnos de frente con la prueba definitiva de que Marte algún día fue habitado, ahora son un poco menos ínfimas, pero, por desgracia, ínfimas en cualquier caso.

¿Cuál es el planeta más cercano a la Tierra?

A cualquiera que se le preguntara por esto mismo hace apenas unas semanas, habría dicho sin dudarlo que Venus. No solo es éste el mundo más parecido al nuestro en cuanto forma, tamaño y evolución, sino que es también el que está a menor distancia física.Pero recientes estudios astronómicos han dado un vuelco a la clasificación de los planetas vecinos para descubrir por sorpresa que Mercurio está, por término medio, más cerca de nosotros que Venus. Y no es que el orden de las órbitas haya cambiado. Mirados desde el sol, los caminos que siguen los planetas van por este orden, Mercurio, Venus, la tierra, Marte, Júpiter… ¿Qué explicaría entonces tanta cercanía?El problema es que asumimos que las órbitas de los planetas son una suerte de carreteras inamovibles que circulan en paralelo a diferente distancia de sol. Pero nada más lejos de la realidad. Ahora, nuevos cálculos han determinado que la distancia entre dos objetos orbitadores (dos planetas, por ejemplo) es proporcional al radio relativo de la órbita interior (de la más cercana al Sol). Y dado que Mercurio tiene un radio menor relativo que Venus y la tierra, la distancia media varía con creces.Vamos a explicarnos. El modo en el que tradicionalmente se ha medido la distancia entre planetas es a partir de su distancia con el sol. Como media, la tierra está a unos 149 millones de kilómetros del Sol (a eso se le llama una unidad astronómica). Venus se encuentra a 0,722 anidades astronómicas (UA) del sol y Mercurio a 0,387 unidades astronómicas.Podríamos hacer una sencilla resta. Si la tierra está a 1 UA del sol y Venus está a 0,722 UA, la distancia entre Venus y la tierra es la resta entre ambos valores. Es decir, la distancia entre Venus y la tierra es de 0,288 UA. Pero el fallo reside en que esas distancias solo son distancias medias. En realidad, las órbitas de los planetas no son estables. Durante su camino alrededor del sol se acercan y se alejan periódicamente del astro rey. Ocurre, por ejemplo, que cuando la tierra está en su punto más cercano del sol, nos separan solo 147 millones de kilómetros del astro. A ese punto se le llama perihelio. Al contrario, en el punto más alejado (afelio), la distancia sube a más de 152 millones de kilómetros. Así las cosas, los científicos han encontrado que cuando Mercurio está en su afelio y la tierra en su perihelio, la distancia entre los dos planetas es menor que la que hay entre el afelio de Venus y el perihelio de la tierra.Es decir, aunque sus órbitas son más alejadas, en un momento del año Mercurio y la tierra se acercan más que ningún otro planeta. Es como si dos atletas que corren por calles diferentes se acercaran en un momento a darse la mano fugazmente para volver a correr separados por el resto de la pista.