¿Fue así el origen de la vida?

Hace más de 3.500 millones de años la vida en la Tierra era algo muy diferente a lo que hoy entendemos por vida. De hecho es bastante cuestionable que pudiera considerarse vida. Si observáramos hoy aquel planeta primitivo supuestamente habitado tendríamos serios problemas para considerarlo precisamente habitado. Una nave espacial imaginaria que se hubiera posado en la Tierra hace más de 3.500 millones de años habría encontrado en algunos lugares de su superficie una especie de sopa aleatoriamente trufada de moléculas. Se trataba de moléculas orgánicas o pre-orgánicas sin aparente interés para un alienígena en busca de vida cósmica. Sin embargo, esa sopa contenía los ingredientes imprescindibles para que en el futuro apareciera la vida. En ese caldo ya estaba el embrión de las primeras bacterias, de los subsiguientes seres pluricelulares, de la primeras especies de fauna y flora complejas, de los primeros vertebrados, anfibios, mamíferos, primates… el embrión de lo que más de 3.500 millones de años después seríamos usted y yo. Y es que algunas de esas moléculas aleatoriamente desperdigadas por la sopa primordial de la Tierra se agruparon organizadamente para formar cadenas de ADN y de ellas surgieron pareces celulares que contenían células y minúsculos órganos internos que mantenían aquellas células vivas. Fue una especie de lotería, un milagro cósmico o un evento único. O quizás no. Quizás se tratara del modo natural en el que evolucionan determinadas moléculas al caer en el terreno fértil que necesitan: un planeta de tamaño mediano, con atmósfera y a la distancia correcta de su Sol). Fuera como fuere, para la ciencia sigue siendo un misterio: ¿Qué hizo que aquella sopa amorfa preñada de moléculas sin sentido se convirtiera en el caldo de cultivo del único ejemplo de vida que conocemos en el cosmos? Ese misterio aparentemente insondable empezó a serlo menos una tarde lluviosa de 1953 cuando un profesor de la Universidad de Chicago, Harold Clayton Urey, y su antiguo alumno Stanley Miller introdujeron en un matraz estéril algunos ejemplos de las moléculas que se cree que formaron la sopa primigenia de la Tierra: agua, metano, amoniaco, hidrógeno… El conjunto se calentó y fue sometido a algunas descargas eléctricas, para imitar lo que pudo ser el ambiente de la Tierra hace 3.500 millones de años. Con el aporte de energía de unos electrodos la pareja logró la obtención de aminoácidos, algunos azúcares y de ácidos nucleicos, pero nunca logró la obtención de materia viva, solo algunos de sus componentes. En cualquier caso, el experimento Miller-Urey pasó a la historia como la primera constatación de que el origen de la vida fue realmente el resultado de una mezcla de moléculas en un caldo de cultivo ideal que, hasta ahora, solo nos consta que se produjera una vez en la historia del Universo. Ahora, la Asociación Química Americana ha anunciado un nuevo descubrimiento que puede dar más pistas sobre lo que realmente ocurrió. De hecho, se ha demostrado que el nacimiento de la vida en un planeta es algo mucho más sencillo de lo que parecía y que la interacción energéticamente apropiada de solo dos de esas famosas moléculas (agua e hidrógeno) podría dar origen a los más importantes precursores del ARN y, por lo tanto, a los ladrillos constructivos de los genes. El experimento de 1953 requirió de una gran parafernalia: matraces, chispas eléctricas que simulaban rayos, agua que se calentaba y se enfriaba, metano, amoníaco… Todos los elementos contenidos en el ensayo reaccionaron para formar ácido cianídrico o cianuro de hidrógeno, formaldehidos y otros ladrillos fundamentales de biología. Pero los expertos siempre han considerado que el matraz de Miller era demasiado simple como para reproducir con fiabilidad las condiciones reales que vivió la Tierra cuando todos éramos simples proyectos de bacteria. La espesa atmósfera de la época debió de dificultar la transmisión de protones de alta energía procedentes de rayos o de la luz ultravioleta del Sol. En las condiciones de un laboratorio, la chispa de la vida es más sencilla. En la Tierra de hace 3.500 millones de años habría sido necesaria una cantidad de energía que no es fácil de explicar. Por suerte para nosotros, la ciencia hoy cuenta con herramientas de las que no disponían Miller y Urey para simular las condiciones de la atmósfera de hace tanto tiempo. Los químicos utilizan los llamados nanorreactores ab initio. Se trata de complejos sistemas de simulación que pueden repetir condiciones extremas en entornos químicos más o menos a gusto del consumidor. Para lograr estas simulaciones se requiere una fuente de energía externa que produce colisiones de moléculas a alta velocidad y un sistema de visualización que permite seguir en tiempo real cómo reaccionan las moléculas que colisionan. Para entendernos, es como una gran batidora para hacer mayonesa. Podemos ejercer energía con la batidora y generar movimientos de colisión entre las moléculas del huevo y el aceite y ver en directo cómo esas moléculas se fusionan para convertirse en algo diferente a lo que eran por separado. Gracias a estos dispositivos, los expertos ahora han podido realizar simulaciones de cómo era la Tierra hace casi 4.000 millones de años con mucha más precisión de lo que Miller y Urey pudieron soñar. Aprovechando la potencia de esta nueva tecnología, los investigadores han demostrado que en los océanos de la Tierra primitiva se generaron grandes cantidades de ácido cianídrico y que la fusión de este elemento con el oxígeno y el hidrógeno del agua es suficiente para formar aminoácidos. Los aminoácidos son los materiales que necesita el ARN para aparecer y éste, a su vez, es el mensajero químico de los genes. Donde hay aminoácidos se ha dado un paso decisivo para que haya ADN, células y vida. En el nuevo ensayo no es necesario que se produzca una gran cantidad de energía. Se trata de una reacción termodinámica autónoma. Es decir, que las pegas que se habían puesto al experimento de 1953 podrían haber sido resueltas. Incluso en un entorno de atmósfera hiperdensa como la que pudo haber hacer miles de millones de años, la vida pudo aflorar. Pero el experimento de Miller-Urey es uno de los más bellos de la historia. Por primera vez la ciencia pudo «jugar» a crear ladrillos de la vida en un matraz. Pero se realizó en un periodo de en el que no existían las capacidades de computación de hoy, la inteligencia artificial, las simulaciones en tres dimensiones. Fue el producto de una era en la que la ciencia se hacía en laboratorios asépticos, con material de cristal, cables, redomas, placas de Petri, pinzas, electrodos, lápiz, papel y mucho ingenio. Sorprende la osadía de aquellos dos hombres pero más sorprende que casi 70 años después sus conclusiones puedan ser avaladas. Aún no sabemos realmente cómo surgió la vida en la Tierra. ¿Qué puso aquí aquellas moléculas iniciales? ¿Qué fue responsable de la existencia de tan fértil atmósfera? ¿Por qué somos los únicos habitantes conocidos del cosmos? La vida, afortunadamente, sigue siendo un misterio.

“Apolo 11”: La cara oculta del viaje a la Luna

Hace 18.256 días Estados Unidos lanzaba al espacio el Apolo 11 cumpliendo así la promesa que hizo años atrás John F. Kennedy. Ese día, el 16 de julio de 1969, el mundo se paralizó. Miles y miles de personas se acercaron hasta Cabo Cañaveral (Florida) para poder ver la odisea espacial; una proeza que quedó registrada segundo a segundo en decenas de miles de horas de grabaciones de audios y vídeos. Cuál fue la sorpresa de Todd Douglas Miller y su equipo cuando, inmersos en hacer una película sobre la llegada del hombre a la Luna, el personal de los Archivos Nacionales (NARA) con los que habían contactado encontró toda una colección no procesada de imágenes de gran formato en 65 mm nunca antes vista por el público, con tomas del lanzamiento, del interior del control de la misión, de las actividades de recuperación y de otras posteriores a la misión. Esos nuevos rollos se descubrieron por casualidad en los Archivos Nacionales. «En un primer momento, la NASA dejó el metraje en un almacén, pero con los años fue transferido a los Archivos Nacionales, donde más o menos quedó olvidado. Algo del mismo se dispuso para un documental que vio la luz en los 70, pero una vez más fue recortado», explica el asesor histórico Robert Pearlman. No fue el único hallazgo inesperado. También encontraron más de 11.000 horas de grabaciones de audio. Ambos descubrimientos cambiaron el curso del proyecto, «Apolo 11», un documental que se estrenará en España el 16 de julio y que brinda al espectador la oportunidad de sentirse como si estuviera presente en esta gesta, sintiendo el mismo asombro que tuvieron los espectadores y sobre todo con los mismos nervios que sufrieron los técnicos, pese a saber el desenlace, gracias precisamente a que no hay ninguna voz en off, sino que está rodada única y exclusivamente con las grabaciones de audio de dicha gesta; lo que exigió una labor encomiable e hizo que para la producción del documental fueran necesarios 15 años de producción. Material histórico«Lo que comenzó como un simple ejercicio de montaje se convirtió en el esfuerzo colectivo de un equipo internacional de expertos para crear la obra definitiva acerca del Apolo 11 en pantalla grande. El extraordinario hallazgo de un alijo de película en gran formato y de grabaciones intactas añadió otra dimensión al proyecto: ahora era más que una película, era una oportunidad para cuidar y preservar este material histórico de valor incalculable», tal y como afirmó meses atrás Miller. Y es que «muchas obras se han dedicado al Apolo 11, la primera misión que permitió al hombre pisar la Luna, pero lo que hace a esta película distinta es el hecho de que ésta es una historia que se está haciendo de nuevo –con material restaurado y escaneado y nunca antes visto de lo que muchos consideran el logro supremo de la humanidad hasta ahora. Por primera vez en la historia, podemos verter una mirada e información nuevas acerca de cómo hicimos alunizar a unos hombres», añade el asesor Pearlman. Un filme, en definitiva, que hará las delicias de los espectadores y también de los historiadores que por fin podrán ver el cuadro entero de lo que pasó aquel día. La cinta arranca horas antes de tener lugar el despegue a las 13:32. Decenas de miles de espectadores acudieron hasta Florida para poder ver el lanzamiento en directo, aunque para ello tuvieran muchos que dormir sobre hormigón. Los más afortunados sacaban las sillas a las azoteas de los edificios para poder tener la mejor vista del momento. Mientras, los tres astronautas, Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, comienzan a vestirse. Los nervios en la zona de control son más que evidentes. Ha habido una fuga que ha de arreglarse tal y como desvela la cámara 18. Se acerca la hora del despegue y los tres grandes hombres ya están subidos en la lanzadera. Antes de comenzar la odisea espacial, Miller muestra al espectador momentos distendidos de los tres astronautas, como cuando el líder de la plataforma alarga los brazos. Aunque en la película no se desvela, esa escena, la que muestra la cámara 34 que veían los técnicos desde el Centro de Control, se debe a que Collins le ha regalado una trucha congelada pequeña porque éste pesca. O cuando uno de los astronautas afirma: «Prometo hacéroslo saber si dejo de respirar», que permite que el ambiente entre los técnicos «terrícolas» sea más distendido. DesacopleTras el despegue, la cinta continúa enganchando al espectador, que se contagiará de la tensión que vivieron aquellos ocho días todos los allí presentes gracias a las grabaciones de audio o de la emoción que trasladan al ver la Luna. «Todos sabemos cómo va a terminar la secuencia del lanzamiento, sabemos que lograrán llegar a la Luna y que regresarán, pero nos mantenemos por completo al borde de la butaca porque da toda la impresión de ser un acontecimiento en vivo y en directo que se despliega en el presente. Parece algo enteramente nuevo, aunque sea el metraje histórico más célebre de todos los tiempos», afirma el director. Otro as de la película son los brillantes gráficos, sencillos para que todos podamos entender las difíciles maniobras que tuvieron que hacer durante el desacople de Eagle del Columbia para proceder a la fase de alunizaje o de su unión y de la vuelta a casa de los tres; un viaje, en definitiva, «que ha sido mucho más que el viaje de tres hombres a la Luna».

«La ciencia es extremadamente sexy»

Hace muchos años que Eduardo López-Collazo abandonó su país natal, Cuba, para descubrir el que poco después se convertiría en «el país que amo», España. Y por esta declaración ha tenido que bloquear a miles de seguidores de Twitter que le dijeron de todo. Lo cierto es que, gracias a la formación que ha recibido en nuestro país, ahora es uno de los científicos que mejor conoce la metástasis y dirige el centro de referencia en investigación IdiPAZ, adscrito al Hospital La Paz de Madrid. –Hay cientos de libros sobre el cáncer, ¿por qué ha decidido escribir otro?–Esa fue una de mis primeras preguntas cuando me plantearon este proyecto. ¿Qué puedo aportar como novedad? Y me di cuenta de que casi todos los textos están muy parcializados. Carecíamos de un libro transversal, que estuviera dirigido a todos los públicos. Al curioso, al que teme la palabra, al hipercrítico, al especialista… –Pero ya hay grandes obras de referencia como «El emperador de todos los males». –Sí, pero no creo que sea necesario diluir tanto el conocimiento, ya que es un libro de más de 500 páginas, ni ser tan escueto como un tuit. Es más, me lo planteé como si fuera una charla de café. –La ciencia no es fácil de explicar. –No, pero lo que intentamos es hacer sencillo lo complejo. Es importante decir que en ciencia lo muy complicado tampoco funciona. Por eso decidí que el libro también fuera en parte novelado. Incluyo historias reales, pero les he cambiado los nombres. Los humanos necesitamos a otros humanos para identificarnos. –¿Cuál es la pregunta que más le hacen sobre este tema?–Suelen ser dos: ¿para cuándo una cura? y ¿qué puedo hacer para prevenirlo? A la primera, puedo decir con seguridad que el libro que escriba sobre cáncer en los próximos 20 años será de historia. Sólo tenemos que ver cómo ha avanzado la inmunoterapia. En cinco años se ha dado un paso enorme. Y a la segunda, siempre respondo: «¡Para qué me lo preguntas si no lo vas a hacer!». –Y si cumpliera con sus recomendaciones…–Es muy fácil. Solo hay que dejar de hacer tres cosas: fumar, beber y tomar el sol. Pero ve a una playa este verano a ver si se cumple alguna… (ríe). –¿El cáncer puede ser un paso evolutivo? –Claro, así lo defiendo en el libro. La investigación se basa en ideas locas. Muchos de los grandes avances parecen locuras en un primer momento. Si es cierto o no, nos lo dirán las futuras generaciones. –¿Conseguiremos borrar de nuestras conversaciones lo de «larga enfermedad»? –Lo cierto es que no queremos enfrentarnos a la palabra cáncer. Sigue dando miedo.–La sociedad valora la ciencia pero, ¿y a los científicos? –La gran mayoría mira para otro lado, desconocen el valor de las investigaciones. El problema es que si la sociedad no nos valora, menos lo harán los políticos porque ellos hacen lo que los ciudadanos les exigen. –¿La serie «The Big Bang Theory» ha ayudado o perjudicado? –Creo que siempre hemos tenido un problema de comunicación, hemos vivido alejados del mundo real. No transmitimos que la ciencia es extremadamente sexy, es «hot», «cool», es algo deseable. Mis amigos me dicen que me parezco mucho al protagonista, que soy como Sheldon Cooper, pero latino. Soy muy cuadriculado, como él. –¿Las redes sociales ayudan a la divulgación? –Mucho, su capacidad de difusión es impresionante y también nos ayuda a valorar cuán importantes son ciertos avances. Eso sí, también te encuentras con personas que no quieren entender, que buscan imponer su opinión sin estar basada en ningún dato científico. La ciencia, quieras o no, es cierta, pero no es un credo como creen muchos.–¿El «boom» de las pseudociencias restan credibilidad a los científicos? –El problema es que a los humanos nos gusta agarrarnos a un caso concreto y no a la generalidad. Creemos que porque algo le haya funcionado a un amigo a nosotros también nos servirá y no es así. Los científicos somos los primeros abiertos a cualquier novedad.–Arte y ciencia. ¿Amigos? –Están muy ligados sí. Para ambas disciplinas hay que ser muy creativo. Comparten la vocación por crear algo nuevo. Es más, a mí se me ocurrió una teoría viendo una representación de «El lago de los cisnes» en el Teatro Real.

Los beneficios del cannabidiol, la molécula milagrosa

La pequeña Charlotte Figi consumía marihuana a los seis años. Y, obviamente, la pequeña Charlotte no fumaba; se le administraba el compuesto por vía oral, a partir de un aceite extraído de la planta.Charlotte había sido diagnosticada con síndrome de Dravet, o epilepsia mioclónica, provocada por una mutación del gen SCN1A. Las convulsiones diarias que sufría la pequeña eran tan fuertes y numerosas que sus padres pusieron una nota de «no resucitar» en su expediente médico. La habían dado por perdida después de intentar todos los tratamientos conocidos. Hasta que les sugirieron agotar un último recurso y utilizar el aceite de la «Decepción del Hippie» (como también es conocida esta marihuana, debido a sus efectos psicotrópicos). Consiguieron el aceite gracias a Alan Shackelford, médico de la Universidad de Heidelberg, quien ha dedicado sus investigaciones al tratamiento de varias enfermedades con marihuana medicinal. Desde ese momento, los ataques se redujeron notablemente: ahora solo tiene cuatro al mes y puede hacer vida normal.La noticia comenzó a circular por redes sociales primero, más tarde se expandió por los periódicos, y la recuperación de Charlotte hizo que cientos de familias se trasladaran a Colorado, donde vive la niña y uno de los 33 estados en los que la variedad terapéutica de Cannabis sativa es legal. De hecho la niña es hoy símbolo para los que proponen la legalización universal del uso terapéutico de los compuestos del cannabis. Algo que, en España, aún no está regulado.El cannabis ya se utilizaba como medicina hace más de 4.000 años (en Egipto se recomendaba, entre otros muchos usos, para los dolores de hemorroides), y contiene 489 componentes diferentes. Pero solo 70 de ellos son cannabinoides, sustancias químicas que también fabrica nuestro cerebro de modo natural a modo de endocannabinoides.Estos compuestos están relacionados con el funcionamiento de los neurotransmisores y afectan al control motor, al aprendizaje, a las emociones y a la conducta. Los dos componentes más conocidos de la marihuana son el THC (TetraHidroCannabinol) y el cannabidiol (CBD). Si el primero de ellos es un potente psicotrópico, el CBD tiene efectos anticonvulsivos y antiinflamatorios, entre otros.El CBD acaba de tener el honor de convertirse, nada menos, que en portada de «The New York Times Magazine» en una sorprendente apuesta periodística sobre las supuestas y múltiples facultades curativas de esta molécula milagrosa. La lista de bondades atribuidas al CBD no parece caber en una portada de revista. Si se analiza con calma la literatura científica y menos científica al respecto, aparecen supuestas aplicaciones de este derivado de la marihuana para aliviar el Síndrome de Estrés Postraumático, promover la desintoxicación por exceso de opiáceos, tratar el colon irritable, aliviar los síntomas del Parkinson, tratar la depresión, ralentizar el avance de la demencia, detener brotes psicóticos, tratar daños cerebrales, reducir niveles de azúcar en sangre, prevenir la ansiedad, calmar a perros irritables, aliviar síntomas menstruales, ayudar a dormir mejor… Una lista demasiado larga para ser tomada en serio. ¿O no?La situación legal de la marihuana vive un momento convulso. El año pasado Canadá se convirtió en el primer país del G7 que aprobaba sin excesivas limitaciones la producción y el consumo de la planta. En Estados Unidos hay 10 estados que permiten su uso recreativo y 33 que han legalizado el empleo medicinal. Uruguay legalizó la marihuana en 2013 y Chile discute ahora si se aprueba el autocultivo.En Europa, además del mítico caso de Holanda, la República Checa ha aprobado su uso terapéutico. En España, la situación es peculiar. Somos el cuarto país de Europa en consumo de cannabis y, según el CIS, el 47% de los españoles está a favor de legalizar la venta y el 87% de la autorización médica. Pero las iniciativas parlamentarias para regular este punto siguen paralizadas.Muchos países han seguido el mismo camino pautado hacia la legalización. Tras la autorización para el uso medicinal, se ha adquirido la experiencia suficiente para la legalización general. La evidencia científica más sólida admite que componentes como el CBD son de especial interés en el tratamiento del dolor neuropático, la espasticidad, la anorexia, algunos tipos de glaucoma y para aliviar los efectos secundarios de la quimioterapia. Pero no son pocos los expertos que consideran que las pruebas ofrecidas parecen, todavía, insuficientes. A finales de 2018, el Observatorio Europeo de Drogas y Toxicomanías elaboró un detallado informe sobre el uso de la marihuana en medicina. El trabajo señala que las evidencias en torno al cannabis terapéutico «evolucionan rápidamente y actualmente son bastante limitadas y fragmentadas». En todo caso, los ensayos clínicos realizados sobre determinadas patologías y síntomas «sugieren que los cannabinoides alivian los síntomas de algunas enfermedades». La clave está, según la autoridad europea, en la comparación de sustancias como el CBD con otros fármacos disponibles. En el caso de los efectos secundarios de la quimioterapia, por ejemplo, la evidencia al respecto es calificada de «débil». Hay pocos estudios que comparen los cannabinoides con los últimos antieméticos, que son más efectivos que los antiguos para evitar los vómitos y las náuseas. Los ciclos de quimioterapia más modernos producen menos náuseas y hay poca evidencia disponible sobre el uso de cannabis en otros tipos de náusea.Donde mejor parados salen los compuestos derivados del cannabis es en la reducción de espasmos musculares, el dolor crónico de origen neuropático y la epilepsia infantil. En España solo hay un medicamento legal que contiene extractos del cannabis: Sativex, un fármaco muy caro que reduce la rigidez muscular en casos de Esclerosis Múltiple. Pero, como dice el doctor Mariano García, portavoz del Observatorio Español de Cannabis medicinal, la presión por aliviar ciertas enfermedades y las evidencias que van llegando sobre las bondades del cannabis fuerzan a algunos pacientes a «usar, desgraciadamente, la peor vía: fumarse un porro». El consenso no parece sencillo. Y avanzar en la creación de un cuerpo de evidencia científica suficiente para avalar o no el uso medicinal de estas sustancias tampoco es fácil. En España solo dos empresas y tres centros de investigación tienen permiso para cultivar marihuana con fines científicos. El sistema de licencias está mucho más controlado que en el caso de otras sustancias de la naturaleza que puedan tener interés médico.El camino hacia la marihuana terapéutica aún está por recorrer. Mientras tanto, miles de pacientes de todo el mundo se acercan a modalidades de consumo no reguladas o directamente ilegales mediante canales alternativos, asociaciones de activismo o doctores afines a la causa. Aceites, pastillas, productos gastronómicos que, en muchos casos, aseguran tener beneficios imposibles de demostrar.

¿A qué velocidad funciona el cerebro?

La vida es ritmo, es velocidad. De hecho, el primer síntoma de que algo falla es cuando percibimos que el ritmo se desacompasa: cuando el corazón late más deprisa o más despacio de lo normal, cuando nuestros miembros no responden tan rápidamente como queremos a nuestras órdenes, cuando los pensamientos fluyen con mayor lentitud. Y buena parte del reloj interno del ritmo de nuestra vida reside en una de las herramientas más veloces que ha construido la naturaleza: el cerebro humano. Si pudiéramos filmar a cámara lenta un segundo de nuestras vidas, veríamos que el cerebro se las basta en ese tiempo para convertirse en un hervidero. En un segundo cada neurona se conecta con otra unas 200 veces. Eso quiere decir que el cerebro registra unos 20.000.000.000.000.000 de bits de información por segundo (20 trillones de impulsos llenos de información). Un caudal que ninguna máquina puede imitar, por poderosa que sea. De hecho, científicos del Instituto de Tecnología de Okinawa trataron de reproducir en un ordenador la actividad de un segundo de vida cerebral. Se requirieron 83.000 procesadores con la mayor potencia de cálculo posible y 40 minutos de trabajo para acercarse a la eficiencia de un solo segundo de nuestras neuronas. A pesar de la inaprensible velocidad a la que corren las informaciones por nuestra red neuronal, una experiencia puede tardar hasta seis horas en consolidarse como un recuerdo a largo plazo. La memoria es mucho más lenta que el pensamiento. Un componente fundamental de nuestra experiencia consciente, el sistema nervioso, es mucho más veloz aún. Los nervios están formados por haces de fibras nerviosas, que transmiten potenciales de acción hacia el sistema nervioso, o desde el sistema nervioso hacia los músculos. Sin embargo, no todas las fibras nerviosas son iguales. Algunas son de mayor diámetro, y éstas en general transmiten el potencial más rápidamente. El potencial de acción en las fibras más gruesas se transmite a la velocidad de 120 metros por segundo, la velocidad de un coche de fórmula 1. En las fibras más finas, en cambio, la velocidad de transmisión es de medio metro por segundo, la de un hombre caminando. En cuanto a la experiencia sensible, según un estudio realizado por la neuróloga Mary Potter, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), podemos procesar una imagen en apenas 13 milisegundos. La vista es el más rápido de nuestros sentidos, mientras que el más lento es el gusto: 500 milisegundos se tarda en identificar un sabor, ya que debe unirse información relacionada con el olfato y el tacto y unirla a los datos que ofrecen los termorreceptores (como en el caso de la comida picante).

La verdad está ahí fuera…

En julio de 1947 un supuesto objeto volador no identificado se estrelló en un rancho cerca de Roswell, en el desierto de Nuevo México. Se trató del avistamiento más conocido de la historia. Toda clase de teorías sobre lo que ocurrió allí se han desatado desde entonces en un intento de explicar algo para lo que algunos sólo tenía una versión que era la presencia de una nave alienígena tripulada y para otros, un episodio que respondía a sucesos naturales. En todo caso, Roswell fue el detonante de una suerte de credo pagano, la ufología. Rodeada siempre de su correspondiente halo de misterio, los incidentes, los encuentros, las visiones, las luces en el firmamento han sido el denominador común de decenas de miles de narraciones y experiencias en las que han visto implicadas miles de personas de todos los continentes, especialmente numerosas e intensas en las últimas décadas del siglo pasado. Las teorías conspirativas han alimentado un caudal de historias paranormales que han calado en el imaginario colectivo de sociedades ávidas de adentrarse en lo desconocido, de ir y vivir el más allá. Los distintos gobiernos no parecieron demasiado interesados en rebatir los miles y miles de casos que se fueron acumulando con el marchamo de la confidencialidad en los archivos secretos de los estados. La sucesiva desclasificación de los «expedientes ovni» han aportado luz, pero no han despejado las sombras en su totalidad y, en buena medida, aquello que no se aclara se enturbia. Un ejemplo. En septiembre de 2016, el Ministerio de Defensa publicó más de 80 informes de avistamientos de fenómenos extraños entre 1962 y 1995 en todo el país. De los 122 encuentros detallados en las 1.900 páginas de informes, nueve siguen siendo un misterio inexplicable. Con la llegada del siglo XXI, en la era de los smartphone, los satélites, los enormes telescopios y las sondas espaciales, las bolas de fuego, los destellos, los círculos, las cruces, los rectángulos, los óvalos, los discos y las formas cambiantes que atraviesan los cielos son cada vez menos, casi un 40% por ciento. ¿Por qué? La fiebre por los enigmas se ha ralentizado, pero no ha desaparecido. El ser humano necesita saber, alcanzar esa última frontera. Es su naturaleza. Además, ¿alguien es capaz de asegurar que uno de las decenas de miles de casos denunciados no es un visitante de otro planeta? Es sólo un cálculo de probabilidades. Uno entre decenas de miles.

Capturada por primera vez la molécula del Big Bang

Todo comenzó hace 13.000 millones de años. En el principio del espacio y el tiempo, el Universo no era más que una sopa indiferenciada con tres ingredientes sencillos, tres átomos únicos calientes, dispersos, aislados. Aún faltaban más de 100 millones de años para que los primeros embriones de estrellas empezaran a aflorar en el cosmos vacío. Durante los primeros 100.000 años aproximadamente, esos átomos sueltos y esquivos camparon a sus anchas en soledad. Pero de repente algunos de ellos comenzaron a establecer alianzas, a unirse formando moléculas algo más complejas. La primera molécula de la historia del Universo, la madre de todas las moléculas, debió de ser una combinación azarosa de hidrógeno y helio que hoy los científicos llaman hidruro de helio (HeH+). Sin embargo, nunca se había podido detectar la existencia de esa molécula. El siglo pasado pudo ser sintetizada en laboratorio, pero jamás se había hallado en la naturaleza.Ahora, un equipo de científicos que escudriñaba el cielo a bordo del Observatorio Estratosférico para Astronomía Infrarroja (SOFIA) ha anunciado al mundo una de las noticias más largamente esperadas: se han encontrado grandes cantidades de hidruro de helio en los restos de una estrella que algún día fue parecida al Sol, y que se encuentra a unos 3.000 años luz de distancia de la Tierra. Se trata de la muestra real de la primera molécula del Universo, una huella de la partícula que inauguró la química del todo, de la que surgieron todos los demás compuestos: las primeras cadenas complejas, los aminoácidos, las proteínas, los genes, usted y yo… procedemos del instante primitivo en el que el HeH+ apareció espontáneamente por primera vez poco después (100.000 años después) del Big Bang.El logro no ha sido sencillo. Durante décadas, los astrónomos han tenido que luchar contra una pertinaz ausencia de evidencias sobre cómo fueron los primeros pasos de la química. En los años 70 del siglo pasado, algunos modelos teóricos propusieron que el hidruro de helio debía existir en cantidades significativas en los gases circundantes a lejanas estrellas del tamaño de nuestro Sol. Allí, en teoría, se daban condiciones físico-químicas similares a las que tuvieron lugar en el origen del cosmos. Pero la detección de esas moléculas se hacía prácticamente imposible desde la Tierra. Compuestos sencillos como el HeH+ emiten radiación en una frecuencia conocida como infrarrojo lejano. Las emisiones de este tipo son tan débiles que quedan bloqueadas en la atmósfera. Ningún telescopio desde el suelo puede capturarlas.Ésa es la razón por la que la NASA y el Centro Aeroespacial Alemán decidieron embarcarse en la misión SOFIA. Nunca mejor dicho lo de «embarcarse», porque se trata de un avión Boeing 747 con un espectrómetro de infrarrojos a bordo capaz de volar a 14.000 metros de altura en los predios de la estratosfera. De ese modo, se evita el 80 por ciento del ruido generado por la atmósfera. Durante años, los científicos han analizado las imágenes tomadas por el espectrómetro SOFIA a través de los grandes ventanales habilitados en el fuselaje de la aeronave. Hasta que en 2016 apareció algo que podría ser relevante en la nebulosa NGC 7027, a 3.000 años luz de distancia. Al analizar el registro espectral de la zona estudiada apareció, por primer vez en la historia, la huella del HeH+, la deseada molécula, la madre primitiva de la química cósmica. Desde 2016 hasta ahora los expertos han analizado la imagen para demostrar, de manera inequívoca, que se trata de una «fotografía» robada a la esquiva molécula. Se demuestra así que los modelos teóricos estaban en lo cierto.En el Universo primitivo, se produjeron cambios de condiciones físicas radicales. En muy poco tiempo, las temperaturas cayeron de manera espectacular pero no bajaron de los 4.000 grados Celsius, en condiciones aún muy inhóspitas para la formación de cualquier molécula. Incluso así, el milagro surgió. Es cierto que como cualquier otro gas noble, el helio tiene muchas dificultades para establecer uniones con otros elementos, pero lo hizo, se unió con el hidrógeno y dio «permiso» para que comenzara la orgía de agrupaciones causante de lo que devino después. La unión de helio e hidrógeno era frágil e inestable pero dio paso a otros matrimonios más robustos y duraderos que mantuvieron la materia prima necesaria para que la sopa informe del origen del cosmos fuera cobrando estructura. Millones de años después, gracias a esas formaciones empezaron a aparecer los primeros astros y la historia del cosmos cambió para siempre. En el interior de aquellas primeras estrellas, potentes hornos dieron lugar a reacciones nucleares de las que surgieron los primeros elementos pesados: carbono, oxígeno, nitrógeno… las bases de todo lo que nos rodea: del hierro de nuestra sangre, del carbono de la tinta de este periódico, del oro de su anillo de boda, del oxígeno que da vida a su nieta mientras usted lee estas líneas… Todo surgió gracias a que, en el principio, existió HeH+, la esquiva molécula de la que acabamos de tomar la primera fotografía.

ALH 77005, el meteorito que puede dar pistas sobre la vida en Marte

Se llama ALH 77005 y lleva más de 40 años en los almacenes de un centro de investigación de la NASA. Se trata de un meteorito procedente de Marte que hallaron en 1977 científicos japoneses en la estación Allan Hills de la Antártida. Ahora, se ha convertido en uno de los meteoritos más codiciados por los astrobiólogos después de que científicos húngaros hayan anunciado el hallazgo de restos compatibles con la vida bacteriana que pudo existir hace miles de millones de años en el planeta rojo. Las nuevas bioformas encontradas son similares a la huella que deja la vida microscópica en las rocas de la Tierra. Los científicos han analizado una delgadísima sección de la roca marciana mediante microscopía óptica que permite interpretar hasta el menor resquicio del interior de los poros del mineral. Allí han encontrado cristales de pequeño tamaño de diferentes minerales, entre ellos piroxenos y olivinos. En algunos de ellos se ha encontrado una estructura que no corresponde a la que habitualmente se halla en este tipo de rocas. Son formas filamentosas que en la Tierra sugieren la acción de una bacteria. Cuando las bacterias terrestres realizan su función metabólica dejan un rastro de oxidación, de hierro, que cristaliza y se convierte en una especie de microfósil que puede durar miles de millones de años. Unos de estos filamentos en una roca terrestre es como la huella de un pie para los paleontólogos: indica que la vida anduvo sobre esa roca. ¿Ocurriría lo mismo en Marte? Los autores de este nuevo hallazgo no son capaces de llegar tan lejos. Desde que las sondas Vicking I y Vicking II trataron de buscar los primeros restos biológicos en Marte la ciencia sabe dos cosas: que hoy no hay vida en el planeta y que es muy probable que en el pasado sí la hubiera. Pero nunca ha sido capaz de encontrar rastros que confirmen la segunda hipótesis. Este meteorito tampoco lo es. Según sus descubridores, podrá ayudar a generaciones futuras de científicos a buscar mejor huellas de vida en el planeta rojo, pero por sí solo no es una prueba de esa vida. La búsqueda de vida en Marte ha seguido varias estrategias. Lo más importante es demostrar que las condiciones del planeta rojo son propicias para la actividad biológica. Como es ya sabido, la presencia de agua en abundancia es imprescindible para ello. Hay docenas de evidencias de que efectivamente el agua pudo correr por la superficie marciana. Otra condición necesaria es que existieran los componentes orgánicos básicos para la formación de las bacterias.La búsqueda de estos componentes es ahora uno de los mayores retos de la investigación marciana y de hecho buena parte de las misiones enviadas al planeta tratan de rastrear la superficie y el subsuelo para extraer muestras donde pudiera existir esa materia orgánica primitiva. Pero los resultados siguen siendo poco concluyentes, a pesar de que, periódicamente, la NASA gusta de alertar a los medios de comunicación con algún anuncio que sugiere que han encontrado algo definitivo. La realidad es que la vida en Marte sigue siendo un sueño inalcanzable. Los autores de este descubrimiento están convencidos de que han puesto sobre la mesa una nueva herramienta que podría ayudar en el futuro a hacer ese sueño realidad. Si el meteorito ALH 77005 realmente encierra en su interior las microscópicas bioformas precursoras de la vida, es probable que en la Tierra o pululando por el espacio haya miles de objetos similares. Buscar vida en Marte puede que sea ahora algo mucho más sencillo, y quizás la pista la hayamos tenido mucho más cerca de lo que creíamos: en nuestra propia casa. De las toneladas de meteoritos que han caído en la Tierra durante su historia, una buena parte proceden de impactos que extrajeron material de Marte. No sería raro que alguno de ellos, quizás todavía esperando a ser encontrado, contenga otras muestras similares a éstas, pero más definitivas. Del mismo modo, la tecnología ahora empleada para este último hallazgo podría aplicarse a otras rocas en la Tierra o fuera de ella para indagar si en su interior también aparecen huellas de vida pasada. En otras palabras si antes teníamos ínfimas posibilidades de encontrarnos de frente con la prueba definitiva de que Marte algún día fue habitado, ahora son un poco menos ínfimas, pero, por desgracia, ínfimas en cualquier caso.