La saturación de aragonito del océano ha caído un 17,3 % desde 1750 y cruza el séptimo límite planetario
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Un pterópodo cabe de sobra en la yema de un dedo. Es un caracol que ha perdido el pie y ha ganado dos aletas, nada a tirones por el agua fría y arrastra una concha en espiral tan fina que se ve la luz a través de ella. Nina Bednaršek lleva años sacándolos del Pacífico nororiental y metiéndolos bajo el microscopio electrónico, y lo que aparece en las imágenes no es una concha lisa: es una superficie picada, con el borde comido y el brillo perdido, como un cristal lijado. La concha se estaba disolviendo mientras el animal seguía vivo dentro.
En junio de 2025, Bednaršek firmó junto a otros cuatro investigadores un artículo que lleva esa imagen a escala de planeta. Lo encabeza Helen Findlay, del Plymouth Marine Laboratory, y lo acompañan Richard Feely y Li-Qing Jiang, de la NOAA, y Greg Pelletier. Salió en Global Change Biology el 9 de junio con un título que no se anda con rodeos: otro límite planetario cruzado.
El número que cambia de lado
El indicador que vigilan se llama estado de saturación de aragonito, y se escribe Ω. En 2020, la media global en la superficie del océano era de 2,90, con un margen de 0,06. Antes de la Revolución Industrial estaba entre 3,44 y 3,57, según cuánto CO2 se suponga que había en la atmósfera de 1750. La caída es del 17,3 %, con una incertidumbre de cinco puntos.
El límite planetario para la acidificación se fijó en una bajada del 20 %, es decir, en un Ω de 2,80. Con 17,3 % ± 5 %, el valor medido ya entra en la horquilla del umbral. En septiembre de 2025, el Planetary Health Check que publica el Instituto Potsdam de Investigación del Impacto Climático recogió el cambio y pasó la acidificación oceánica a «transgredida»: séptimo de los nueve límites, después del clima, la biodiversidad, los ciclos del nitrógeno y el fósforo, el uso del suelo, el agua dulce y las sustancias nuevas.
Qué está bajando exactamente
El mar absorbe alrededor de una cuarta parte del CO2 que se emite. Al disolverse forma ácido carbónico, ese ácido suelta iones de hidrógeno y el pH de la superficie ha pasado de unos 8,2 a unos 8,1 desde la era preindustrial. La escala es logarítmica, así que esa décima equivale a un 30 % más de iones de hidrógeno en el agua.
La parte que importa a los bichos viene después. Esos iones de hidrógeno se comen los iones carbonato disueltos, y el carbonato es el material con el que corales, mejillones, ostras, cocolitofóridos y pterópodos fabrican su esqueleto. El aragonito es una de las formas del carbonato cálcico, la más soluble de las dos que usan los organismos marinos. Cuando Ω cae por debajo de 1, el agua deja de estar saturada y las conchas empiezan a disolverse solas. Por encima de 1 no se disuelven, pero cuanto más baja está la cifra, más energía cuesta construirlas.
Debajo está peor
El artículo no se queda en la superficie, y ahí aparece el dato más incómodo. El agua profunda ya llegaba cargada de CO2 respirado por la vida que se hunde y se descompone, así que partía con menos margen.
| Profundidad | Caída de Ω en 2020 | Fracción del océano más allá del límite |
|---|---|---|
| Superficie | 17,3 % ± 5,0 % | 40 % ± 9,7 % |
| 100 m | 19,3 % ± 5,9 % | 58,3 % ± 10,7 % |
| 200 m | 19,7 % ± 10,7 % | 61 % ± 10,6 % |
Esa agua de 100 y 200 metros no se queda quieta. En las costas de afloramiento —California, Oregón, Perú, Namibia— el viento la sube a la plataforma continental cada primavera y verano. Es exactamente donde Bednaršek recoge sus pterópodos con la concha picada.
Cuánto hábitat se ha perdido
Cruzando las tolerancias conocidas de distintos grupos con los mapas de química del agua, los autores estiman que el hábitat adecuado se ha reducido un 43 % para los arrecifes de coral tropicales y subtropicales, hasta un 61 % para los pterópodos polares y un 13 % para los bivalvos costeros. Conviene leerlo por lo que es: superficie de océano que sigue dentro de los rangos químicos que esos animales toleran, no un censo de individuos muertos.
Por qué una sombrilla solar no arregla esto
Las propuestas de geoingeniería que más se discuten —aerosoles en la estratosfera, aclarado de nubes marinas, espejos en órbita— trabajan sobre la luz que entra. Bajan la temperatura reflejando parte de la radiación solar y no tocan la cantidad de CO2 que hay en el aire. El gas sigue en la atmósfera, sigue entrando en el mar por la interfase y sigue haciendo la misma química. Para que Ω suba hay que emitir menos o retirar CO2 del aire.
Lo que no está resuelto
La incertidumbre no es menor: el margen de ±5 puntos en la superficie es lo que separa «rozando el umbral» de «pasado hace años», y buena parte de esa horquilla viene de no saber con precisión cuánto CO2 había en 1750. Los propios autores proponen además bajar el listón al 10 % de caída, más protector para los organismos, y con ese criterio el océano superficial entero lo habría pasado hacia el año 2000. Falta también saber cuánto de lo medido en acuarios se cumple en el mar abierto: hay poblaciones que se adaptan, otras que se desplazan y zonas costeras con una variabilidad diaria enorme que los mapas globales no capturan.
Fuente: Findlay, H. S. et al., Ocean Acidification: Another Planetary Boundary Crossed, Global Change Biology 31(6):e70238, 9 de junio de 2025. Evaluación de límites planetarios: Planetary Health Check (PIK).