Un bebé recibe una terapia CRISPR fabricada solo para él seis meses después del diagnóstico
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A los pocos días de nacer, en agosto de 2024, KJ Muldoon dejó de comportarse como un recién nacido normal. Estaba aletargado, no comía bien, y los análisis dieron con el motivo: el amoníaco se le estaba acumulando en sangre. El diagnóstico llegó rápido y fue de los malos. Deficiencia grave de CPS1, un fallo en la primera enzima del ciclo de la urea, la ruta metabólica que convierte el nitrógeno sobrante de las proteínas en algo que se pueda orinar. Sin esa enzima, cada comida es un pequeño envenenamiento. La forma neonatal grave mata aproximadamente a la mitad de los bebés que la tienen, y a los que sobreviven les suele dejar daño cerebral por los picos de amoníaco.
El manual ofrecía dos cosas: una dieta con el mínimo de proteína compatible con crecer, fármacos que sacan nitrógeno por vías alternativas, y esperar a que el niño pesara lo suficiente para un trasplante de hígado. Meses de cuerda floja en los que cualquier catarro puede descompensarlo.
La decisión de fabricar un fármaco para un paciente
Rebecca Ahrens-Nicklas, del Children’s Hospital of Philadelphia, y Kiran Musunuru, de la Universidad de Pensilvania, llevaban tiempo trabajando en la idea de tratar errores metabólicos del hígado editando el genoma. Tenían la plataforma medio montada y no tenían paciente. Con KJ pasó al revés: apareció el paciente antes de que la plataforma estuviera terminada, y decidieron hacerlo igual.
Secuenciaron su genoma, localizaron las dos variantes que le habían roto el gen CPS1 y diseñaron una corrección para una de ellas. A partir de ahí empezó una carrera contra dos relojes a la vez: el del niño, que se descompensaba cada pocas semanas, y el del papeleo, que en circunstancias normales tarda años. Ensayos en células, ensayos en ratones con la mutación humana metida a propósito, ensayos en primates para ver la toxicidad, fabricación del material clínico, y una solicitud a la FDA para un fármaco que solo va a recibir una persona en la historia. La agencia dio el visto bueno en cuestión de semanas.
KJ recibió la primera infusión en febrero de 2025, con seis meses. Desde la decisión de intentarlo hasta la aguja pasaron aproximadamente seis meses. Después vinieron otras dos dosis, en marzo y en abril. El caso se publicó en el New England Journal of Medicine el 15 de mayo de 2025.
Qué es una edición de bases y en qué se diferencia del CRISPR clásico
El CRISPR del que se lleva hablando una década funciona como unas tijeras: la proteína Cas9 corta el ADN por los dos hilos en el punto que le indique la guía, y luego la célula repara el corte como buenamente puede. Sirve muy bien para desactivar un gen. Para corregir una letra concreta sin romper nada alrededor es un instrumento tosco, y el corte de doble hilo trae sus propios riesgos.
La edición de bases, desarrollada en el laboratorio de David Liu en Harvard y el Broad Institute, no corta. Usa una Cas desactivada como GPS para llevar hasta el punto exacto una enzima que hace química sobre una sola letra: convierte una A en una G, o una C en una T, sin romper la doble hélice. En el caso de KJ, la variante corregida era una que introducía una señal de parada prematura en el gen. El material se administró por vena dentro de nanopartículas lipídicas, las mismas cápsulas grasas de las vacunas de ARN mensajero, que tienen la costumbre útil de ir a parar sobre todo al hígado, que es justo donde hace falta la enzima.
Qué se sabe del seguimiento
Tras las tres dosis, KJ toleró más proteína en la dieta, bajó la medicación que le sacaba nitrógeno y pasó procesos infecciosos y una tanda de vacunas sin la crisis de amoníaco que cabía esperar. Se fue a casa en junio de 2025, después de haber vivido su primer año casi entero en el hospital. No hubo efectos adversos graves atribuibles al tratamiento.
Lo que no se sabe es bastante. No hay forma de medir directamente cuántas células del hígado quedaron corregidas: eso exigiría biopsias que no se le hacen a un bebé por curiosidad, así que la eficacia se deduce del comportamiento clínico. Con un solo paciente y sin grupo de comparación, parte de la mejoría puede ser simplemente que los niños con esta enfermedad van algo mejor a medida que crecen. Tampoco se sabe cuánto durará: el hígado infantil sigue creciendo y las células editadas tendrán que competir con las que no lo están. Y el seguimiento de seguridad a largo plazo, por definición, todavía no existe.
Por qué esto no se puede repetir mañana con el vecino
El caso de KJ salió porque coincidieron un hospital con la plataforma ya montada, un equipo académico dispuesto a trabajar gratis fuera de horario, financiación pública previa, empresas que cedieron material, y una agencia reguladora que decidió mover ficha rápido. Musunuru ha comentado públicamente que el coste vino a ser del orden del de un trasplante de hígado, pero eso cuenta la fabricación de una dosis, no los años de investigación que había detrás ni el tiempo donado.
El cuello de botella real no es la biología. Es que un tratamiento diseñado para una sola persona no tiene mercado, no tiene ensayo clínico posible en el sentido habitual y no tiene a nadie obvio que lo pague. Hay miles de enfermedades genéticas ultrarraras, y la inmensa mayoría no tiene un equipo con la plataforma lista esperando al otro lado del pasillo. Lo que el caso demuestra es que el plazo puede comprimirse a meses cuando todas las piezas están alineadas. Alinearlas de forma rutinaria es otro problema, y ese es regulatorio y económico.