El esmalte de los dientes guarda proteínas 20 millones de años después, cuando del ADN no queda nada
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En 2008, en Valencina de la Concepción (Sevilla), un equipo de arqueólogos abrió una tumba individual del Calcolítico con un colmillo de elefante colocado sobre el cuerpo, cáscara de huevo de avestruz, láminas de sílex y marfil trabajado. Era, con diferencia, el ajuar más rico de la Península para su momento, hace unos 4.800 años. Los huesos estaban mal conservados, pero lo poco que quedaba de pelvis y cráneo apuntaba a un varón joven, de entre 17 y 25 años. Durante quince años, la figura más prominente de la Edad del Cobre ibérica se llamó el Hombre del Marfil.
En 2023 le sacaron dos dientes: un molar y un incisivo. No para buscar ADN, que allí ya no quedaba en condiciones útiles, sino para mirar el esmalte. El resultado se publicó en Scientific Reports: en las dos piezas solo aparecía la versión X de una proteína llamada amelogenina. Ni rastro de la versión Y. El Hombre del Marfil era una mujer.
Por qué el esmalte aguanta lo que el ADN no
La amelogenina es la proteína que dirige la construcción del esmalte mientras el diente se forma en la mandíbula. Tiene una particularidad útil: el gen que la codifica está duplicado, con una copia en el cromosoma X (AMELX) y otra en el Y (AMELY), y las dos versiones no son idénticas. Difieren en unos pocos aminoácidos. Un espectrómetro de masas puede distinguirlas.
Si en el esmalte aparecen péptidos exclusivos de AMELY, el individuo era masculino y no hay mucho que discutir. Si solo aparece AMELX, la interpretación es femenino, aunque ahí el razonamiento es más frágil: una ausencia también puede deberse a que la muestra esté degradada o a que se hayan recuperado pocos fragmentos. Los laboratorios que trabajan con esto han tenido que desarrollar criterios cuantitativos para decidir cuándo una ausencia es real.
El esmalte funciona como archivo porque es el tejido más duro del cuerpo y está mineralizado casi por completo. Las cadenas de proteína quedan atrapadas dentro de los cristales de hidroxiapatita, protegidas del agua, de las bacterias y de las enzimas que en el hueso lo desmontan todo en unos miles de años. El ADN, en cambio, es una molécula larga y quebradiza que se fragmenta sola.
Qué fósiles ya se han recolocado con esto
El método lleva una década saliendo de los sitios donde la genética se atasca.
- Gran Dolina, Atapuerca. El proteoma dental de un fragmento de molar de Homo antecessor, con una edad propuesta de entre 772.000 y 949.000 años, dio péptidos específicos de AMELY: era un individuo masculino. Más importante todavía, las secuencias situaron a H. antecessor como linaje hermano del grupo que forman sapiens, neandertales y denisovanos, y no como antepasado directo. Se publicó en Nature en 2020.
- Swartkrans, Sudáfrica. Cuatro dientes de Paranthropus robustus de alrededor de dos millones de años dieron esmalte legible. Dos machos identificados por la variante masculina de la amelogenina y dos hembras inferidas por el método cuantitativo. El equipo, liderado por Palesa Madupe, encontró además diferencias moleculares entre individuos que no eran de sexo, lo que complica la idea de un grupo homogéneo. Science, mayo de 2025.
- Chuifeng, China. Gigantopithecus blacki, el simio de tres metros, llevaba décadas dando problemas de clasificación porque solo se conservan dientes y mandíbulas. El proteoma del esmalte, de unos 1,9 millones de años, lo colocó como pariente temprano de los orangutanes.
El récord de antigüedad se movió mucho en julio de 2025. Un equipo dirigido por Ryan Sinclair Paterson y Enrico Cappellini, de la Universidad de Copenhague, recuperó secuencias parciales de siete proteínas del esmalte de un diente de rinoceronte del cráter Haughton, en el Ártico canadiense, con una edad de entre 21 y 24 millones de años. Más de 1.000 coincidencias entre péptidos y espectros, y al menos 251 aminoácidos de secuencia. Suficiente para calcular que ese linaje se separó del resto de los rinocerótidos entre hace 41 y 25 millones de años. En el mismo número se publicó otro trabajo con esmalte de 18 millones de años procedente de la cuenca del Turkana, en Kenia, lo que descarta que el truco funcione solo en el frío polar.
Como referencia: el ADN más antiguo secuenciado de un espécimen ronda el millón y pico de años, en molares de mamut siberianos. El salto es de un orden de magnitud.
Lo que el método no da
El proteoma del esmalte son siete u ocho proteínas y unos cientos de posiciones de aminoácido. Un genoma son miles de millones de bases. Con esa diferencia de resolución, la paleoproteómica sirve para saber el sexo, para colocar un fósil en una rama del árbol y para detectar algo de variación entre individuos, pero no reconstruye historias de población, mestizaje ni movimientos migratorios. Las relaciones que resuelve son gruesas.
Tampoco está claro dónde está el techo. Los depósitos que han funcionado hasta ahora comparten cierta estabilidad térmica o química, y no se sabe qué proporción de los fósiles del Mioceno conserva algo legible. Los autores del trabajo del rinoceronte fueron explícitos al respecto cuando la prensa empezó a preguntar por dinosaurios: 24 millones de años no autorizan a suponer 70. Falta también acumular réplicas independientes en otros laboratorios, porque la contaminación con proteínas modernas sigue siendo el fantasma de la disciplina.
De la señora de Valencina, mientras tanto, se sabe el sexo y poco más. No hay ADN que diga de dónde venía ni con quién estaba emparentada, y el ajuar no explica por sí solo qué autoridad ejercía.
Fuentes: Cintas-Peña et al., Scientific Reports (2023); Welker et al., Nature (2020); Madupe et al., Science (2025); Paterson et al., Nature (2025).