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Secuencian el primer genoma completo del Egipto del Imperio Antiguo: una quinta parte de su ascendencia viene del Creciente Fértil

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elenaa

En 1902, el arqueólogo británico John Garstang excavaba en Nuwayrat, un cementerio rupestre a unos 265 kilómetros al sur de El Cairo, cuando encontró algo poco habitual: un esqueleto casi completo metido dentro de una gran vasija de cerámica, y la vasija a su vez encajada en un nicho tallado en la roca. Nada de momificación. Nada de vendas ni de resinas. Un hombre mayor doblado dentro de un recipiente de barro y sellado en la ladera.

El esqueleto acabó, como tantas cosas de aquellos años, en un museo británico. Y ahí empieza la parte de la historia que casi lo borra todo.

Sobrevivió a la Luftwaffe

En mayo de 1941, los bombardeos alemanes sobre Liverpool alcanzaron el museo donde se guardaba la colección. Buena parte de los restos humanos de aquel fondo ardió o quedó destruida. El hombre de Nuwayrat, metido en su vasija, no. Siguió allí, en una caja, más de un siglo, mientras la genética antigua nacía, maduraba y publicaba genomas de neandertales, de cazadores del Báltico y de vikingos, pero seguía chocándose una y otra vez con el mismo muro: Egipto.

El problema es físico. El ADN se degrada con el calor y con la humedad, y el valle del Nilo tiene de sobra de lo primero. Además, el embalsamamiento —el natrón, las resinas, los aceites calientes— destroza el material genético que pretendía conservar el cuerpo. En 2017 un equipo consiguió sacar genomas parciales de un yacimiento del norte, Abusir el-Meleq, pero eran individuos muy posteriores y la información era fragmentaria. Del Egipto de las pirámides, del Estado que construyó Guiza, no había genoma entero de nadie.

Dos dientes

Un equipo dirigido por Adeline Morez Jacobs y Linus Girdland-Flink, con Pontus Skoglund y el Instituto Francis Crick detrás, tomó siete dientes del esqueleto y extrajo material del cemento dental, la capa que recubre la raíz y que suele proteger mejor el ADN que el resto de la pieza. Dos de los siete dieron material suficiente para secuenciar el genoma completo. Es el primero de esa época.

La datación por radiocarbono sitúa al hombre entre el 2855 y el 2570 antes de Cristo, es decir, entre 4.500 y 4.800 años atrás, a caballo entre el final del Periodo Dinástico Temprano y el arranque del Imperio Antiguo. Contemporáneo, más o menos, de las primeras grandes pirámides.

La hipótesis que manejan los autores para explicar por qué aquí sí funcionó: precisamente porque a este hombre no lo momificaron. El cuerpo se metió en una vasija cerrada dentro de una tumba excavada en roca, una combinación que estabiliza la temperatura y limita la humedad. Un enterramiento de estatus intermedio, sin el tratamiento químico de las élites, resultó ser mejor conservante que el embalsamamiento.

La cifra: alrededor de un 20 %

El resultado que ha dado la vuelta al mundo es la composición de su ascendencia. Aproximadamente cuatro quintas partes del genoma se emparentan con poblaciones neolíticas del norte de África. El quinto restante, en torno a un 20 %, encaja con poblaciones del este del Creciente Fértil: la zona que corresponde a la antigua Mesopotamia y los montes Zagros, en el actual Irán e Irak.

No es una sorpresa conceptual —arqueólogos y filólogos llevaban décadas describiendo el trasiego de bienes, animales domésticos, técnicas de alfarería y escritura entre el Nilo y Mesopotamia—, pero hasta ahora ese contacto se leía en cerámica y en sellos, no en cromosomas. Ahora hay un genoma que dice que, además de mercancías, se movieron personas, y que sus descendientes estaban en Egipto en el tercer milenio antes de Cristo.

Quién era

El análisis del esqueleto añade un retrato bastante nítido. Varón, de entre 44 y 64 años, edad avanzada para la época. Artrosis extendida, osteoporosis, huesos gastados. Las marcas musculares indican que pasó mucho tiempo sentado con los brazos extendidos hacia delante y la mirada baja, y con los pies apoyados en una postura muy concreta y repetida. Los autores plantean, con cautela, que pudo trabajar con un torno de alfarero. Los isótopos de sus dientes, que registran el agua y los alimentos de su infancia, apuntan a que se crió en el valle del Nilo. La ascendencia lejana no significa que él viniera de fuera: era egipcio, de familia egipcia, con parte de su árbol genealógico procedente de mucho más al este y de bastante tiempo atrás.

Lo que no se sabe

Es una sola persona. Un genoma no describe una población, del mismo modo que un vecino de Cuenca no describe a los españoles. No se puede saber si ese 20 % era la media del Egipto del Imperio Antiguo, si era alto, si era excepcional, ni si variaba entre el norte del delta y el sur. Tampoco se puede fechar cuándo llegó esa ascendencia: pudo ser un flujo lento a lo largo de milenios o un movimiento concreto de gente en un momento concreto, y los datos actuales no distinguen entre ambos escenarios. Para eso hacen falta decenas de genomas de distintas regiones y distintos siglos, y ahí el problema de la conservación sigue intacto.

El trabajo se publicó en Nature el 2 de julio de 2025, revisado por pares, con los datos genómicos depositados públicamente.

Fuente: Morez Jacobs et al., «Whole-genome ancestry of an Old Kingdom Egyptian», Nature (2025).