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El hielo marino antártico bajó a 1,79 millones de km² en 2023 y desde 2016 no vuelve al régimen anterior

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elenaa

En septiembre de 2014, el hielo que rodea la Antártida alcanzó los 20,11 millones de kilómetros cuadrados. Fue el máximo más alto desde que hay satélites vigilando, y encajaba mal con todo lo demás: el Ártico llevaba décadas derritiéndose a ojos vista y el continente del sur hacía justo lo contrario, ganar un poco de hielo cada año. Los negacionistas lo usaban como argumento. Los glaciólogos tampoco tenían una explicación redonda, y lo decían.

Dos años después, la curva se cayó por un agujero.

Lo que pasó en la primavera austral de 2016

Entre agosto y diciembre de 2016, el hielo marino antártico retrocedió más rápido de lo que se había visto nunca en el registro satelital, que arranca en 1979. En febrero de 2017 el mínimo de verano quedó en unos 2,11 millones de kilómetros cuadrados, por debajo de cualquier año anterior. La primera lectura fue la razonable: un año raro, una anomalía atmosférica, ya volverá.

No volvió. En febrero de 2022 el mínimo bajó a 1,92 millones de kilómetros cuadrados. En febrero de 2023 se hundió hasta 1,79 millones, la cifra más baja registrada. Ese mismo año el invierno tampoco cuajó: el máximo de septiembre de 2023 se quedó en 16,96 millones de kilómetros cuadrados, alrededor de 1,75 millones por debajo de la media del periodo 1981-2010. Traducido a superficie que faltaba: tres veces España. Los años siguientes se han mantenido en la parte baja de la horquilla, cerca de esos mínimos, sin señal de regreso a los niveles previos a 2015.

Un equipo liderado por Will Hobbs, de la Universidad de Tasmania, publicó en 2024 en Journal of Climate un análisis estadístico de esa transición. Su conclusión es que lo ocurrido no se describe bien como una racha de años malos, sino como un cambio de estado: el sistema pasó de oscilar alrededor de un valor a oscilar alrededor de otro más bajo, y lleva años ahí.

Las dos hipótesis que se manejan

La primera mira hacia abajo. Ariaan Purich, de la Universidad Monash, y Edward Doddridge, de la Universidad de Tasmania, publicaron en 2023 en Communications Earth & Environment un trabajo que relaciona los mínimos recientes con el calentamiento de la capa de océano que hay justo por debajo de la superficie del mar de Weddell y el resto del Océano Austral. El agua templada siempre ha estado ahí, a cierta profundidad, separada de la superficie por una capa fría y menos salada. Si esa separación se debilita y el calor sube, el hielo lo tiene difícil para formarse en invierno, por mucho que la atmósfera se ponga a -30 ºC.

La segunda mira al viento. El cinturón de vientos del oeste que rodea el continente empuja el hielo hacia fuera o lo comprime hacia la costa según su intensidad y su posición, y su comportamiento está ligado a modos de variabilidad como el Modo Anular del Sur y a lo que ocurre a miles de kilómetros, en el Pacífico tropical. Buena parte de las subidas y bajadas históricas se explican por ahí.

Las dos hipótesis no compiten tanto como parece. Lo que se discute es el peso de cada una, y sobre todo si el calor oceánico ha metido al sistema en un bucle: menos hielo deja más mar abierto y oscuro, el mar abierto absorbe más radiación solar en verano, ese calor se guarda en la columna de agua y llega al invierno siguiente estorbando la congelación. Un mecanismo así tiene memoria de un año para otro, y explicaría por qué la recuperación no llega sola.

Por qué preocupa más allá de la estadística

El hielo marino flota, así que su desaparición no sube el nivel del mar ni un milímetro. El problema es lo que protege.

La banquisa funciona como un rompeolas gigante alrededor del continente. Amortigua el oleaje de tormenta antes de que llegue al frente de las plataformas de hielo, esas lenguas flotantes que sujetan por detrás a los glaciares continentales. Cuando el hielo marino falta, la marejada golpea directamente el frente de la plataforma y la flexiona. Ese mecanismo se documentó en la desintegración de la plataforma Wilkins en 2008 y 2009, y ahí sí hay una conexión con el nivel del mar: las plataformas hacen de tapón de hielo terrestre.

Y luego está la fauna que cría encima. Los pingüinos emperador necesitan hielo fijo estable desde abril hasta que los pollos mudan el plumón, hacia diciembre. Si el hielo se rompe antes, los pollos caen al agua sin plumaje impermeable. Peter Fretwell, del British Antarctic Survey, rastreó por satélite las colonias del mar de Bellingshausen en la temporada de 2022 y publicó en 2023 lo que encontró: en cuatro de las cinco colonias vigiladas, el hielo se fue antes de tiempo y no sobrevivió ningún pollo.

Lo que no se sabe

No está resuelto si esto es un cambio permanente o una excursión larga dentro de la variabilidad natural del Océano Austral, que es enorme y de la que solo tenemos cuatro décadas y media de observación fina. Tampoco está cerrada la atribución: los modelos climáticos no anticiparon ni la ligera subida anterior a 2015 ni la caída posterior, lo que significa que hay física del sistema que no está bien representada. Y falta lo más básico para decidirlo, que son mediciones directas del calor y la salinidad bajo el hielo en invierno, cuando llegar hasta allí es más caro y más peligroso.

Los datos diarios de extensión, con su serie desde 1979, están publicados por el National Snow and Ice Data Center en Sea Ice Today. Los trabajos de Purich y Doddridge y de Fretwell salieron en Communications Earth & Environment.