Detectan que la superficie del núcleo interno de la Tierra se ha deformado en las últimas décadas
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Un terremoto no se repite. Se parece a otro, cae cerca, dura lo mismo, pero la roca nunca se rompe exactamente igual dos veces. Hay excepciones, y una de las mejores está en las islas Sandwich del Sur, un arco de volcanes helados en el Atlántico Sur donde el fondo marino lleva décadas produciendo temblores casi calcados: mismo punto, misma geometría de rotura, año tras año.
Para un sismólogo eso es un laboratorio. Si dos terremotos separados por veinte años salen del mismo sitio y llegan a la misma antena de sensores al otro lado del planeta, los dos registros deberían superponerse casi línea sobre línea. Cuando no lo hacen, la sospecha no recae sobre el terremoto, sino sobre el camino. Y el camino, en este caso, atraviesa el centro de la Tierra.
Cómo funciona la técnica de las parejas de terremotos
De las Sandwich del Sur a Alaska hay una línea recta que pasa por debajo de todo: manto, núcleo externo líquido y, si el ángulo es el adecuado, el núcleo interno, esa bola de hierro sólido de unos 1.220 kilómetros de radio que empieza a 5.150 kilómetros bajo nuestros pies. Ninguna sonda ha bajado ni bajará. Lo único que sale de ahí son ondas sísmicas, y salen deformadas por lo que han encontrado.
La idea de las parejas —los sismólogos las llaman doublets— es restar. Se coge un terremoto de 1993 y otro de 2013 que hayan ocurrido prácticamente en el mismo hipocentro, se ponen sus registros uno encima del otro y se mira la diferencia. Como la fuente es la misma y el receptor es el mismo, lo que sobra en esa resta tiene que haber ocurrido en el interior. Un adelanto de unas décimas de segundo se lee como que el núcleo interno ha girado un poco respecto al manto y la onda ha atravesado una zona ligeramente distinta. Es así como se descubrió, en los años noventa, que esa bola de hierro no va sincronizada con el resto del planeta, y así también como el propio grupo de John Vidale documentó en 2024 que había frenado y empezado a quedarse atrás.
Lo que no cuadraba en Yellowknife
El trabajo publicado en Nature Geoscience en febrero de 2025 reunió 121 terremotos repetidos de 42 puntos distintos de las Sandwich del Sur, ocurridos entre 1991 y 2024. Las ondas se recogieron en dos conjuntos de sensores nacidos en la Guerra Fría para vigilar ensayos nucleares: uno cerca de Fairbanks, en Alaska, y otro en Yellowknife, en Canadá.
Con los datos de Alaska, las cuentas salían: los desfases encajaban con un núcleo interno que gira a su ritmo, acelera, frena y retrocede respecto al manto. El problema apareció en Yellowknife. Ahí unas cuantas ondas volvían con una forma que ninguna combinación de rotación conseguía explicar. No llegaban antes o después; llegaban distintas. La única lectura que sostenía Vidale y sus colegas —Wei Wang, Ruoyan Wang, Guanning Pang y Keith Koper, todos en la Universidad del Sur de California— es que el relieve del núcleo interno había cambiado en el punto exacto donde rebotaban esas ondas.
Es decir: deformación viscosa en la capa más superficial de la bola de hierro, en el contacto con el océano de metal líquido que la rodea. El candidato a culpable es ese mismo océano. El núcleo externo se mueve de forma turbulenta y, al empujar contra el interno, lo abolla. Vidale lo resumió como «el núcleo externo perturbando al núcleo interno», algo que hasta ahora nadie había medido en una escala de tiempo humana.
Qué se puede deducir de esto sobre el campo magnético (poco)
El campo magnético que desvía el viento solar y mantiene la atmósfera en su sitio se genera en el núcleo externo, no en el interno. La bola sólida participa de forma indirecta: al crecer, va expulsando elementos ligeros que alimentan las corrientes de convección del metal líquido. Que su superficie se deforme confirma que hay un trasiego ahí abajo más vivo de lo que se asumía, y ese trasiego es el mismo que alimenta el dinamo.
Hasta ahí. El trabajo no mide el campo magnético, no predice una inversión de polaridad, no anticipa nada observable en superficie y no permite calcular cuánta energía se está intercambiando entre las dos capas. Tampoco fija la escala de la deformación: no hay un número de metros ni un mapa de qué zonas se han movido y cuáles no, porque la señal solo existe donde hay terremotos repetidos que apunten justo ahí, y esos puntos se cuentan con los dedos. Ni siquiera está cerrado el reparto de responsabilidades entre el empuje del núcleo externo y la atracción gravitatoria del manto, que también tira de esa bola. Lo que hay es una anomalía en unos sismogramas de Yellowknife y una interpretación que la explica mejor que las alternativas.