Por qué un síndrome de Down en mosaico puede pasar veinte años sin detectarse
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A Ashley Zambelli le dijeron en la semana 14 de gestación que la niña que esperaba tenía síndrome de Down. Se estudió también a la madre. Tenía 23 años, estaba de 23 semanas, y el análisis dijo que ella también lo tenía, en mosaico. Era febrero de 2023 y hasta entonces nadie le había mirado los cromosomas.
En la trisomía 21 clásica el error viene del óvulo o del espermatozoide: la primera célula ya arranca con tres copias del cromosoma 21 y todas las demás las heredan. En el mosaicismo el fallo llega después, en una de las divisiones posteriores, y a partir de ahí conviven dos líneas celulares, una con tres copias y otra con dos. Cuanto más tarde ocurre, menor es la proporción afectada, y no se reparte igual en la sangre que en la piel o en el corazón. De ahí que los rasgos puedan atenuarse o no verse.
El cariotipo tampoco lo garantiza: se cuentan los cromosomas de un número limitado de células de una muestra, casi siempre de sangre. Si la línea con la copia extra es minoritaria, puede no salir. Y antes de eso está el punto ciego mayor, que es la prueba que nadie pide: de pequeña Zambelli tuvo luxaciones de rodilla, problemas de mandíbula y taquicardia, cada cosa tratada en una consulta distinta y ninguna atada a las demás.
El mosaicismo se cita como el 2 % de los casos de síndrome de Down, pero ese porcentaje se calcula sobre los diagnosticados, o sea sobre la gente a la que alguien tuvo un motivo para mirar. Cuántos adultos viven con un mosaicismo bajo sin saberlo no se sabe, y no hay forma limpia de contarlos.
Descripción del mosaicismo y de las formas del síndrome de Down, en MedlinePlus Genetics (Biblioteca Nacional de Medicina de EE. UU.) y en el servicio público de salud británico.